NO ESTAMOS CONDENADOS A ELEGIR ENTRE DOS FRACASOS

CARTA ABIERTA A LOS ARGENTINOS (1)

DESARROLLISMO INTELIGENTE SIGLO XXI

Federico González

10/4/20266 min read

Argentinos:

Tal vez la derrota más profunda de un pueblo no ocurra cuando pierde una elección, una guerra o una oportunidad económica. Ocurre cuando deja de imaginar una vida diferente. Cuando ya no se pregunta cómo quiere vivir y comienza a discutir, apenas, cuánto dolor puede soportar.

Ese es el gran peligro argentino: acostumbrarnos.

Acostumbrarnos a que trabajar no alcance. A que una empresa dedique más energía a sobrevivir que a crecer. A que un científico investigue con la valija cerca. A que un joven estudie pensando en Ezeiza. A que un jubilado tenga que elegir qué remedio comprar y qué dolor dejar para el mes siguiente.

Nos acostumbramos a tanto que algunas veces confundimos resistencia con vida. Pero sobrevivir no es vivir, del mismo modo que flotar no es navegar.

La bronca frente a esta Argentina es legítima. Nadie tiene derecho a despreciarla ni a tratar como ignorantes a quienes buscaron una salida distinta. Milei no inventó esa bronca. La encontraron abandonada en la calle, como un bidón de nafta, y le acercó un fósforo.

Pero comprender la bronca no nos obliga a vivir dentro del incendio. Y cuestionar a Milei no significa volver a quienes hicieron posible su llegada.

No quiero restaurar el pasado. Tampoco quiero administrar este presente como si fuera una fatalidad. Quiero abrir otra puerta.

Durante décadas nos encerraron en una falsa alternativa. De un lado, un populismo que distribuye lo que no produce, promete lo que no puede sostener y convierte muchas veces la ayuda en dependencia. Del otro, un minarquismo mesiánico que ajusta sin construir, abandona a cada persona a su suerte y llama libertad a la intemperie.

Unos creen que el Estado debe tocar todos los instrumentos. Otros quieren incendiar el teatro. Yo propongo algo menos fanático y bastante más difícil: organizar la orquesta para que toque bien.

No estamos obligados a elegir entre el Estado elefante y el Estado desertor. Entre el subsidio eterno y el “sálvese quien pueda”. Entre la mano que captura y la mano que se retira justo cuando más se la necesita.

Existe otro camino.

Ese camino es el Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI.

No se trata de discutir cuánto Estado y cuánto mercado como quien corta una pizza. Se trata de preguntarnos qué necesita la Argentina para producir más valor, generar mejores trabajos y convertir su enorme talento disperso en una fuerza histórica.

Porque nuestro problema no es solamente que nos falten recursos. Es que no sabemos conectar los que tenemos.

Somos una orquesta con músicos extraordinarios que afina cada uno por su lado. Tenemos docentes, científicos, técnicos, trabajadores, empresarios y emprendedores. Tenemos universidades, industrias, tierra fértil, energía, minerales, creatividad y una desmesurada capacidad para resolver lo imposible. Pero no tenemos una partitura común ni una dirección que comprenda que conducir no significa tocar todos los instrumentos.

Una investigación puede descubrir algo extraordinario y jamás encontrarse con la empresa capaz de convertirlo en un producto. Una PyME puede necesitar una solución que ya existe en una universidad situada a veinte cuadras. Un joven puede tener una idea brillante y terminar pedaleando para una aplicación extranjera porque nadie le enseñó a transformarla en una empresa propia.

No nos falta talento. Nos falta sistema.

Y talento sin sistema es melancolía: la dolorosa conciencia de aquello que podríamos haber sido.

En el barrio hay una sabiduría sencilla: una sola mano no ata un paquete. Para levantar un país ocurre lo mismo. La educación, la ciencia, la producción, el trabajo y el financiamiento no pueden seguir viviendo como vecinos que comparten medianera pero jamás se hablan.

Quiero trabajar exactamente sobre esa distancia.

Propongo una revolución educativa que convierta las aulas en talleres de inteligencia, creatividad y construcción. Quiero chicos que no sólo repitan respuestas, sino que aprendan a formular preguntas. Que imaginen, investiguen, fabriquen prototipos y creen proyectos. Una escuela que no les pregunte únicamente qué quieren ser cuando sean grandes, sino qué problemas quieren aprender a resolver.

¿Puede una escuela preparar para un futuro que ella misma no se anima a imaginar? Ese es nuestro primer koan.

La segunda revolución es científica y tecnológica. Necesitamos sostener la investigación básica, porque nadie puede saber de antemano de qué pregunta aparentemente inútil nacerá una transformación. Pero también necesitamos tender puentes entre el laboratorio, la empresa, el hospital, el campo y la fábrica. La ciencia que nunca sale del laboratorio corre el riesgo de quedarse sola. La producción que nunca entra en contacto con la ciencia queda condenada a competir con las herramientas de ayer.

La tercera revolución es tecnoemprendedora. Quiero que fundar una empresa innovadora no dependa del patrimonio familiar, de un padrino providencial o de tomar un avión. Quiero un ejército de jóvenes emprendedores argentinos que transforme conocimiento en empresas, patentes, trabajo y soberanía tecnológica.

La cuarta revolución es industrial y productiva. Quiero PyMEs capaces de incorporar inteligencia artificial, robótica y nuevos materiales. Quiero un campo que no exporte solamente granos, sino también biotecnología, maquinaria y conocimiento. Quiero que el gas, el litio, el cobre y nuestros demás recursos no se marchen como promesas en bruto y regresen convertidos en productos caros.

No alcanza con tener riquezas debajo del suelo. Hay que tener inteligencia sobre él.

Las cuatro revoluciones forman una sola trama. Si la educación no conversa con la ciencia, la ciencia con los emprendedores y los emprendedores con la industria, tendremos buenas piezas, pero nunca una máquina que funcione.

Ahí aparece el Estado inteligente: no como dueño de todas las respuestas, sino como arquitecto de capacidades. Un Estado que conecta, coordina, financia estratégicamente, exige resultados y se retira cuando su presencia deja de ser necesaria. Ni patrón omnipotente ni espectador distraído.

Sartre escribió que “el hombre está condenado a ser libre” en

El existencialismo es un humanismo

. No quiso decir que la libertad fuera un premio. Quiso decir que no podemos escapar de la responsabilidad de elegir.

Los pueblos tampoco.

Podemos culpar al pasado, a la deuda, al mundo, a los políticos o a nuestra incorregible condición argentina. Algunas culpas serán verdaderas. Pero ninguna nos exime de decidir qué haremos ahora. Como decía mi abuela —y seguramente también la de ustedes—, del dicho al hecho hay un largo trecho. Mi candidatura quiere ocuparse precisamente de ese trecho.

No me presento como un salvador. Los salvadores suelen comenzar prometiendo el cielo y terminan convencidos de que el país les pertenece. Me presento como un constructor, alguien que ha dedicado su vida a estudiar cómo piensan las personas, cómo aprenden, cómo crean y cómo pueden organizarse para transformar su realidad.

No les pido fe. Les pido que discutamos un proyecto.

Quiero una Argentina donde quedarse sea una elección y no una condena; donde irse sea una aventura posible y no una vía de escape. Una Argentina donde trabajar permita proyectar, donde enseñar vuelva a ser una tarea respetada, donde investigar no sea un acto heroico y donde producir no se parezca a correr una carrera cargando una heladera.

Bataille sabía que toda sociedad produce una energía que puede convertirse en creación o dilapidarse en sacrificios estériles. Nosotros llevamos décadas sacrificando talento, generaciones y oportunidades. Nuestra “parte maldita” son todas las Argentinas que pudieron nacer y dejamos morir antes de tiempo.

Hay que detener esa ceremonia.

Nietzsche habló de dar a luz una estrella danzarina desde el caos. Yo no quiero negar nuestro caos. Quiero transformarlo en creación. La Argentina no necesita menos pasión: necesita que su pasión deje de devorarse a sí misma y encuentre una dirección.

No estamos condenados a elegir entre dos fracasos. Pero escapar de esa encerrona requiere algo más que indignación. Requiere inteligencia, coraje, organización y un proyecto.

A eso los convoco.

No a creer en mí como se cree en un mesías, sino a construir conmigo como se construye una casa: con un plano, con herramientas, discutiendo, corrigiendo y poniendo cada uno una parte.

La Argentina no necesita que pensemos todos igual. Necesita que dejemos de tirar de la cuerda en direcciones opuestas mientras el país permanece en el pozo.

Tenemos la cuerda. Tenemos las manos. Tenemos todavía la fuerza.

Empecemos a tirar juntos.

Federico González
Candidato a Presidente de la Nación 2027
Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI

Argentina Siempre