La hoguera y el silencio
Oda existencial de resistencia frente a la palabra incendiaria del poder
FEDERICO GONZÁLEZ
Federico González
10/27/20269 min read


Era viernes a la noche, 23 de octubre de 2026, en una cena de gala con cubiertos de plata y aplausos fáciles. Horas antes, la Justicia había sobreseído al Presidente en la causa $LIBRA. Con la sangre todavía caliente de revancha, el hombre que conduce los destinos de la Nación apuntó contra los periodistas que habían investigado aquel escándalo: “Como decía Adam Smith, tener piedad con los hijos de puta es ser injusto con los buenos, y acá a los buenos les tiene que ir bien. Los que se tienen que quemar en la hoguera son los hijos de puta”
Lo dijo así, con todas las letras. Nadie se levantó de la mesa y algunos se rieron. Al día siguiente FOPEA y ADEPA emitieron sus comunicados. Patricia Bullrich admitió que “cruzó un límite”, y algunos legisladores del propio oficialismo tomaron distancia. Después, como pasa siempre en la Argentina, la noticia empezó a entibiarse. El lunes ya competía con el dólar, con la interna, con el próximo exabrupto.
Quien escribe estas líneas se niega a que se entibie.
El fuego literal
Digámoslo sin eufemismos: nadie cree que Javier Milei vaya a levantar piras en Plaza de Mayo. No es esa la cuestión. Tomar la frase literalmente sería un error, pero no tomarla en serio sería un error mucho más grave. Las palabras de un Presidente no son palabras de bar: son actos.
El filósofo británico John Austin lo explicó en Cómo hacer cosas con palabras. Hay enunciados que no describen el mundo sino que lo transforman, como cuando un juez dice “lo condeno” o un sacerdote dice “los declaro marido y mujer”. Austin los llamó enunciados performativos: decirlos es hacerlos. La palabra de quien detenta el poder tiene siempre algo de esa naturaleza. Cuando el que tiene el bastón dice “hoguera”, no está describiendo una metáfora. Está autorizando un clima.
Acaso sea pertinente recordar los usos del fuego en la historia. La hoguera nunca fue un castigo cualquiera: fue el castigo reservado para quien pensaba distinto. En 1487 dos inquisidores dominicos, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, publicaron el Malleus Maleficarum, el “Martillo de las brujas”. Era un manual técnico para identificar, interrogar y quemar mujeres. Durante casi tres siglos, decenas de miles de personas ardieron en Europa porque alguien con poder decidió que eran “las malas”. El 17 de febrero de 1600, en el Campo de’ Fiori de Roma, Giordano Bruno subió a la pira por sostener que el universo era infinito. Se le atribuye haber dicho a sus jueces: “Tembláis más vosotros al pronunciar esta sentencia que yo al recibirla”.
La hoguera, entonces, no es solo fuego. Es una teología. Supone que existe una verdad revelada, un sacerdote que la custodia y unos herejes que la contaminan. Es exactamente esa estructura la que el Presidente reproduce cuando divide el país entre “los buenos”, que merecen prosperar, y “los hijos de puta”, que merecen arder. No es un insulto. Es una cosmología.
La caza ordenada
En 1692, en la aldea puritana de Salem, Massachusetts, unas niñas empezaron a acusar a sus vecinos de brujería. Al cabo de un año, diecinueve personas habían sido ahorcadas. En 1953 Arthur Miller convirtió esa locura en Las brujas de Salem, en pleno macartismo, cuando en Estados Unidos se perseguía a guionistas, actores y periodistas por “antiamericanos”. Miller entendió algo decisivo: la caza de brujas no necesita brujas. Necesita un clima en el que acusar sea más rentable que pensar y en el que callar parezca prudencia.
El mecanismo psicológico es antiguo y está bien estudiado. Gordon Allport, en La naturaleza del prejuicio, describió una escalera de cinco peldaños. Primero está la antilocución, la palabra hostil que se pronuncia en público. Le siguen la evitación del grupo señalado, la discriminación activa y el ataque físico. El último peldaño es el exterminio. Allport no decía que el primer escalón conduzca fatalmente al último. Decía algo más inquietante: ninguno de los últimos ocurrió jamás sin pasar antes por el primero. La palabra hostil del poder es el escalón que habilita a los demás.
No resulta desatinado suponer que el Presidente lo sabe. Lleva años cultivando el método: “ensobrados”, “basuras”, “periodistas prostituidos”, “no odiamos lo suficiente a los periodistas”. La hoguera no es un desliz. Es la desembocadura natural de un río que corre hace tiempo.
El huevo transparente
En 1977 Ingmar Bergman filmó El huevo de la serpiente, ambientada en el Berlín de 1923, una década antes del ascenso de Hitler. Uno de sus personajes pronuncia la imagen que da título a la película. Es como el huevo de la serpiente: a través de la membrana transparente ya se distingue, perfectamente formado, al reptil. Lo terrible no estaba oculto, estaba a la vista. Lo terrible era que nadie quería mirar.
Heinrich Heine lo había escrito un siglo antes, en su tragedia Almansor, de 1821: “Allí donde se queman libros, se terminan quemando también personas”. El 10 de mayo de 1933, en la Bebelplatz de Berlín, los estudiantes nazis arrojaron al fuego, entre muchos otros, los libros de Heine. La profecía se cumplió con una precisión que hiela la sangre.
La Argentina no es la Alemania de Weimar, y sería deshonesto sugerirlo. Pero la Argentina sí tiene memoria propia del fuego y del silencio. Tiene a Rodolfo Walsh, que en marzo de 1977 envió su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” y al día siguiente fue emboscado en plena calle. Tiene a José Luis Cabezas, fotógrafo, asesinado en 1997 y quemado dentro de un auto en una cava de Pinamar. Quemado. Un Presidente argentino que pronuncia la palabra “hoguera” contra periodistas no puede alegar ignorancia de esa genealogía. Cabezas no es una metáfora. Es un cuerpo calcinado que todavía nos mira.
La piedad invertida
Vale la pena detenerse en la coartada intelectual. Milei invocó a Adam Smith, y es cierto que Smith, en su Teoría de los sentimientos morales, recoge la vieja máxima según la cual la clemencia con el culpable es crueldad con el inocente. Pero Smith hablaba de la justicia, es decir, de tribunales, pruebas y debido proceso. Hablaba de un orden que protege al débil de la arbitrariedad del fuerte. El Presidente toma la frase del padre del liberalismo y la vacía de contenido. El “culpable” ya no es el que la Justicia condena, sino el que el líder señala. Y el señalado, en este caso, es precisamente quien investigó al líder.
He aquí la paradoja más obscena: el hombre recién sobreseído pide la hoguera para quienes lo investigaron. No hubo juicio contra los periodistas ni acusación formal. Hubo apenas el veredicto del ofendido. Montesquieu advirtió en El espíritu de las leyes que no hay libertad cuando quien juzga y quien ejecuta son la misma persona. Cuando el agraviado es a la vez fiscal, juez y verdugo, eso tiene un nombre preciso en la teoría política, y ese nombre no es libertad.
Friedrich Nietzsche lo advirtió en Más allá del bien y del mal: “Quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Y cuando miras largo tiempo a un abismo, también el abismo mira dentro de ti”. El libertario que llegó para combatir al Estado opresor ya habla con la gramática del inquisidor. El abismo le devolvió la mirada, y él no apartó los ojos.
El mal seductor
Charles Baudelaire, en su poema en prosa “El jugador generoso”, dejó escrita una de las frases más lúcidas sobre la naturaleza del mal: “La más hermosa de las astucias del diablo es persuadirnos de que no existe”. La astucia de la palabra incendiaria es parecida. Consiste en convencernos de que no pasó nada, de que fue un chiste, una exageración, “el estilo” del Presidente. Así se domestica lo intolerable: no con un decreto, sino con un encogimiento de hombros.
Georges Bataille pensó el mal con una valentía que pocos se atrevieron a imitar. En La parte maldita sostuvo que toda sociedad produce un excedente de energía que no puede invertir productivamente y que necesita derrochar. Ese derroche adopta formas sagradas: la fiesta, el exceso, y sobre todo el sacrificio. En el rito sacrificial se elige una víctima, se la consagra y se la destruye ante la mirada colectiva. La comunidad encuentra en ese espectáculo una comunión oscura, se reconoce a sí misma en el acto compartido de la destrucción.
Leído a esa luz, el discurso de la hoguera no es un error de comunicación. Es un rito. El líder ofrece a sus fieles una víctima sacrificial, el periodista, para que la tribu se reconozca unida en el odio. Y la risa de los comensales en aquella cena fue el amén de la ceremonia.
El silencio cómplice
Aquí llega lo que más me duele. Confieso que no me inquieta tanto la frase del Presidente como la tibieza de la respuesta. Hubo comunicados y repudios formales, pero no hubo la conmoción que una frase así merece. No hubo tapas en negro ni una jornada conjunta de todos los medios. No hubo periodistas estrella renunciando a la entrevista amable del domingo. En el fondo, se la perdonaron, como se le perdonaron las anteriores.
El refrán de barrio lo dice con crudeza: “el que calla otorga”. Y hay otro más antiguo y más amargo: “cría cuervos y te sacarán los ojos”. Una parte del periodismo argentino aplaudió el estilo disruptivo cuando los insultos apuntaban a otros. Ahora descubre que la hoguera no distingue entre colegas propios y ajenos.
El pastor luterano Martin Niemöller, que primero simpatizó con el nazismo y terminó en el campo de Dachau, dejó una confesión célebre. Primero vinieron por los comunistas, y como él no era comunista, no dijo nada. Después vinieron por los socialistas y por los sindicalistas, y tampoco dijo nada. Cuando vinieron por él, ya no quedaba nadie que pudiera decir algo.
A Martin Luther King se le atribuye una síntesis que no envejece: “Al final, no recordaremos las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos”. Esa es la vara. No importa tanto lo que dijo Milei, porque ya sabemos quién es. Importa lo que callamos los demás.
Una resistencia luminosa
Pero esta no es una oda al lamento. Es una oda a la resistencia. Y la resistencia que propongo no es la del odio invertido, porque eso sería entrar en la misma liturgia del fuego. King lo escribió en La fuerza de amar con una claridad que todavía corta: “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar al odio; solo el amor puede hacerlo”.
Nelson Mandela pasó veintisiete años preso y salió sin pedir hogueras para nadie. En el capítulo final de El largo camino hacia la libertad escribió: “Ser libre no es solamente desprenderse de las cadenas, sino vivir de una forma que respete y potencie la libertad de los demás”. Unas líneas antes había dejado una frase que parece escrita para esta Argentina: “Un hombre que le quita la libertad a otro es un prisionero del odio, está encerrado tras los barrotes del prejuicio y la estrechez de miras”. Esa es, acaso, la mejor definición de libertad que puede oponerse al libertarismo del fuego. Es la libertad que no se completa sin la libertad del que me critica.
José “Pepe” Mujica conoció los calabozos y la tortura, y volvió de aquella noche sin rencor programático. El 20 de octubre de 2020, al despedirse del Senado uruguayo, lo dijo con palabras que hoy suenan a respuesta anticipada: “En mi jardín hace décadas que no cultivo el odio, porque aprendí una dura lección que me impuso la vida: que el odio termina estupidizando, porque nos hace perder objetividad frente a las cosas. El odio es ciego como el amor, pero el amor es creador y el odio nos destruye”. Y remató, ante senadores de todos los partidos: “He pasado de todo, pero no le tengo odio a nadie”.
Un hombre que tenía todos los motivos del mundo para pedir la hoguera eligió la templanza. Un Presidente que tiene todos los resortes del poder elige la pira. Ahí está la diferencia entre la grandeza y la pequeñez.
El Desarrollismo Inteligente que defendemos parte de una convicción sencilla: no hay desarrollo sin conocimiento, y no hay conocimiento sin libertad para preguntar. Un país que quema, aunque sea con palabras, a quienes investigan, se condena a no saber. La prensa libre no es un adorno de la democracia, es su sistema inmunológico. Y un organismo que ataca su propio sistema inmunológico tiene un nombre en medicina: enfermedad autoinmune. Puede parecer fuerte durante un tiempo, pero se está devorando a sí mismo.
Palabras al viento
Que no nos pidan calma. Que no nos digan que es solo una forma de hablar. Las acusaciones de Salem también eran una forma de hablar, hasta que dejaron de serlo. Los libros de Heine también eran solo papel, hasta que dejaron de serlo. El huevo de la serpiente también era solo una membrana transparente, hasta que se rompió.
Quien escribe estas líneas no tiene más arma que la palabra. Pero la palabra, a diferencia del fuego, no consume: ilumina. Escribimos para que la frase no se entibie y para que el lunes no la sepulte. Escribimos para que dentro de diez años nadie pueda decir que no sabíamos.
Javier Milei pidió la hoguera. Nosotros le devolvemos lo único que la hoguera nunca pudo quemar: la memoria de los que no se callaron.
Fuentes
• Frase de Milei, discurso del viernes 23 de octubre de 2026: La Política Online, Perfil, La Capital y El Día.
• Reacción de Patricia Bullrich: La Política Online.
• Mujica, despedida del Senado uruguayo, 20 de octubre de 2020: Montevideo Portal.
• Mandela, Long Walk to Freedom (1994), capítulo final, traducción propia.
• La frase de King sobre “el silencio de nuestros amigos” es atribuida, sin fuente documental precisa.
