Joaquín de la Torre y la audacia de redibujar el mapa
Federalizar el conurbano: un caso de inteligencia aplicada
FEDERICO GONZÁLEZ
Federico González
11/1/20267 min read


Lunes por la mañana. El Presidente dijo. El Presidente no dijo. Se reunieron los intendentes; no se reunieron; se reunirán. Fulano se baja, mengano se anota, zutano todavía no sabe. La política argentina se ha convertido en un largo comentario sobre sí misma: un teatro donde los actores discuten quién se sienta en primera fila mientras nadie pregunta de qué trata la obra.
Y de pronto, alguien sube al escenario con un mapa.
Joaquín de la Torre —exintendente de San Miguel, exministro bonaerense, exsenador provincial, un hombre que conoce, como él mismo dice, los dos lados del mostrador— hizo lo que casi nadie se atreve a hacer en la Argentina de hoy: propuso una idea. No una consigna. No un posteo. Una idea con planos, con leyes, con costos y con consecuencias. Sacar al conurbano de la órbita de la provincia de Buenos Aires y convertir sus municipios en distritos federales, con dos niveles de gobierno en lugar de tres: el municipal y el nacional.
Kennedy lo formuló con precisión quirúrgica en 1962, en la Universidad Rice, al anunciar que los Estados Unidos irían a la Luna: elegimos hacerlo no porque sea fácil, sino porque es difícil. La política argentina, acaso, lleva demasiado tiempo eligiendo lo fácil. Y lo fácil nos trajo hasta acá.
Mapa nuevo
Nuevo mapa para la Pcia. de Buenos Aires: el proyecto de Joaquín de la Torre
Todo mapa es una tesis sobre el poder. El de De la Torre tiene una sencillez que desarma. Los partidos que van de la Ruta 6 hacia la Capital —veinticuatro en su núcleo, veintisiete en su versión ampliada— dejan de depender de La Plata. Cada uno conserva a su intendente, elegido por sus vecinos. La Nación asume lo que, en buena medida, ya administra. Gendarmería y Prefectura dejan de ser visitas de emergencia para convertirse en presencia permanente. Y al desaparecer el gobierno intermedio desaparece con él Ingresos Brutos, ese impuesto en cascada que castiga al comercio y a la pyme como pocos. Dos leyes —una provincial que cede el territorio, una nacional que crea los distritos— y ni una coma de la Constitución.
Sin embargo, la verdadera potencia de la propuesta no está en el diseño. Está en la mirada que lo precede.
De la Torre no inventa una realidad: la descubre. La luz, el gas y el agua del conurbano son licitaciones nacionales. Los trenes y los colectivos que van a la Capital, regulación nacional. Los hospitales, en su mayoría, municipales. Los patrulleros, la nafta, las cámaras: los pone el intendente. «Esto ya funciona así», sintetiza. En esa radiografía, la provincia aparece como un peaje cobrado sobre un camino que no construyó.
El refrán popular lo dice con elocuencia: no hay peor ciego que el que no quiere ver. Durante décadas, la dirigencia bonaerense discutió cómo administrar mejor un organismo crecido por aluvión alrededor de una ciudad que daba trabajo. Casi nadie se preguntó si ese organismo tenía la forma correcta.
Ver lo obvio es, a veces, la forma más alta de la inteligencia.
Lecho de Procusto
La mitología griega guarda una figura que parece diseñada para pensar la provincia de Buenos Aires. Procusto era un posadero del Ática que ofrecía hospedaje a los viajeros y, una vez dormidos, los ajustaba a la medida exacta de su cama: a los altos les cortaba los pies; a los bajos los estiraba hasta descoyuntarlos. Nadie salía de esa posada con su forma original. Hasta que llegó Teseo, el héroe ateniense, y le aplicó a Procusto su propio método. Desde entonces, el lecho de Procusto nombra toda pretensión de forzar realidades distintas dentro de una misma medida.
La provincia de Buenos Aires es, acaso, el lecho de Procusto más grande de la Argentina. En una misma cama institucional se pretende acostar a una metrópoli de más de diez millones de habitantes, nacida por aluvión alrededor de la Capital, y a un interior agroindustrial de ciudades medianas y pueblos que viven a otro ritmo, con otros problemas y otras urgencias. Para que entren los dos, a uno se le cortan los pies y al otro se lo estira. El conurbano recibe una administración pensada desde La Plata; el interior paga, como señala De la Torre, el costo del conurbano.
Son dos realidades distintas, insiste él. Y ahí está su gesto de Teseo: no propone una cama más grande, ni una manera más prolija de cortar o de estirar. Propone dejar de usar la cama.
El despertar
Paul Watzlawick, el psicólogo de la Escuela de Palo Alto, distinguía junto a John Weakland y Richard Fisch, en su libro Cambio, dos maneras de transformar las cosas. El cambio de primer orden ocurre dentro de un sistema sin tocar sus reglas: otro ministro, más presupuesto, más patrulleros. El cambio de segundo orden altera las reglas mismas del sistema. La imagen que proponían es inolvidable: dentro de una pesadilla uno puede correr, esconderse, gritar, y nada de eso lo saca del sueño. El único cambio verdadero es despertarse.
Cuarenta años de conurbano son cuarenta años de cambios de primer orden. Más efectivos —la Bonaerense duplicó su personal desde 2010, recuerda De la Torre, y el delito no bajó—, más fondos, más programas, más reclamos por una coparticipación que nadie va a modificar, porque exige el acuerdo de veinticuatro jurisdicciones. Correr más rápido dentro de la pesadilla.
La federalización es otra cosa. Es despertarse.
En una línea similar, Edward de Bono, el pensador maltés que inventó el pensamiento lateral, acuñó una sigla para los movimientos de este tipo: PO, la provocación operativa. Un enunciado deliberadamente disruptivo cuyo valor no reside en ser aceptado tal cual, sino en sacar al pensamiento de sus rieles y obligarlo a explorar territorios que jamás visitaría por su cuenta. Una provocación no se juzga por si es correcta; se juzga por las ideas que engendra. Quien discrepe con De la Torre tendrá, de todos modos, que discutir el conurbano en sus términos.
Eso es mover el tablero.
Inteligencia aplicada
Hay una frase de De la Torre que excede largamente su propuesta y que, sospecho, define su manera de pensar. Analizando al gobierno nacional, sostuvo que cuando una gestión resuelve un problema modifica la realidad, y que entonces su deber es resolver esa nueva realidad, no enamorarse de la receta que sirvió para la anterior.
Lincoln lo había dicho con una lucidez que todavía estremece, en su mensaje anual al Congreso de diciembre de 1862, en plena Guerra Civil: los dogmas del pasado tranquilo son insuficientes para el presente tormentoso; como nuestro caso es nuevo, debemos pensar de nuevo y actuar de nuevo. Pocas frases describen mejor al conurbano: un caso nuevo, gobernado con los dogmas de un pasado que ya no existe.
Ahí está, quizás, la llave de su manera de pensar. Los problemas cambian de forma cuando se los ataca. La inteligencia consiste en cambiar con ellos.
Quien escribe estas líneas viene sosteniendo, desde el Desarrollismo Inteligente, que la Argentina no padece tanto de escasez de recursos como de escasez de diseño. Que no alcanza con crecer: hay que organizar las piezas —Estado, ciencia, producción, educación, emprendedores— para que el crecimiento se sostenga y llegue a alguna parte. Por eso, cuando un dirigente con territorio, trayectoria y aspiraciones pone su capital político al servicio de rediseñar en lugar de repetir, corresponde decirlo en voz alta. Eso tiene un nombre. Se llama inteligencia aplicada.
Y la inteligencia aplicada, cuando se anima, se llama audacia.
Lo que suma
Las grandes ideas no nacen terminadas: nacen discutibles, y en eso reside su fertilidad. El propio De la Torre lo admite con una franqueza que lo honra: su solución no es la mejor del mundo, es la posible. Más vale pájaro en mano que cien volando, dice el refrán; y la política argentina está llena de cazadores de pájaros que vuelan.
Adicionalmente, hay preguntas que la propuesta invita a responder y que, lejos de debilitarla, pueden blindarla. La primera es fiscal: si la Nación absorbe docentes y policías y el conurbano deja de pagar Ingresos Brutos, la ecuación de financiamiento debe quedar a la vista de todos, porque será el primer flanco que busquen sus adversarios. La segunda es política: millones de electores dejarían de votar gobernador y legisladores provinciales, y garantizarles voz en las decisiones que los afectan merece un capítulo propio. Willy Brandt, canciller de Alemania y premio Nobel de la Paz, inauguró su gobierno en 1969 con una consigna que hizo historia: atrevernos a más democracia. La federalización será tanto más fuerte cuanto más se atreva también en ese plano. Él mismo dejó la puerta abierta: es conversable.
Por su parte, la tercera pregunta es la que más me desvela, y es donde el Desarrollismo Inteligente tiene algo para sumar. Cambiar el mapa es condición necesaria, no suficiente. Un conurbano federalizado puede ser, apenas, un conurbano mejor administrado. O puede ser una plataforma de desarrollo. Veintisiete distritos en relación directa con la Nación, liberados de un impuesto que asfixia a la pyme y con seguridad profesional, son también veintisiete laboratorios posibles de política productiva, educativa y tecnológica. De la Torre lo intuye cuando reclama inteligencia artificial urgente en salud, seguridad y educación, y cuando advierte que el modelo extractivo de la cordillera dejará al conurbano como gran perdedor si nadie piensa qué hacer con él. Ahí, federalización y desarrollo dejan de ser dos agendas.
Se vuelven una sola.
Acaso sea pertinente recordar a Alberdi, que en las Bases sentenciaba que en América gobernar es poblar. El conurbano es la prueba de que poblar sin diseñar produce una ciudad que nadie planificó y que nadie gobierna del todo. Tal vez la consigna de este siglo sea otra: gobernar es organizar.
Último gobernador
Max Weber, en su célebre conferencia La política como vocación, definía la política como una perforación lenta y tenaz de tablas duras, que exige a la vez pasión y mesura. Y agregaba algo que suele olvidarse: que lo posible nunca se habría alcanzado si no se hubiera intentado, una y otra vez, lo imposible.
A modo de provocación operativa —por usar la expresión de De Bono— sentenciaré: en la Argentina de hoy, el mayor riesgo político no es equivocarse. Es no proponer nada.
De la Torre dijo que, si llega a la gobernación, sería el último gobernador de la provincia tal como hoy la conocemos. Hay candidatos que prometen gobernar mejor lo que existe. Muy pocos se animan a proponer que lo que existe sea otra cosa.
Quién te dice. Tal vez la audacia no sea un rasgo de carácter, sino una forma superior de la inteligencia. Tal vez la Argentina no necesite otro administrador de la decadencia, sino alguien dispuesto a redibujar el mapa.
La fortuna, escribió Virgilio, favorece a los audaces. Habrá que ver si la provincia también.
