Javier Osuna: el interior bonaerense pide la palabra
El exintendente de General Las Heras, frente al Estado amputado: intendentes con poder real, descentralización y un peronismo que mire más allá del conurbano
FEDERICO GONZÁLEZ
11/1/202618 min read


Javier Osuna, durante la entrevista en Impulsos
Hay dos maneras de bajar veinte kilos. La primera es una dieta de tres o cuatro meses, disciplinada, aburrida, eficaz. La segunda es que el dietólogo mire al paciente a los ojos y le diga: “venga, que le corto una pierna”. Los veinte kilos se van igual. El problema es que después no se puede caminar. Con esa imagen, casera y brutal, Javier Osuna explicó el programa económico del gobierno mejor que muchos informes de coyuntura.
Quien escribe estas líneas tuvo el gusto de recibirlo por segunda vez, en una entrevista exclusiva para Impulsos, el programa de Canal P que conduzco junto a Gustavo Idoyaga, y confieso que pocas veces una metáfora condensó con tanta economía de medios la discusión de fondo de la Argentina de 2026. Porque la pregunta no es si había que bajar de peso. Había que hacerlo. La pregunta es qué órgano se sacrifica en el quirófano y si el paciente, al despertar, va a poder ponerse de pie.
Osuna fue intendente de General Las Heras desde 2015, un partido del interior bonaerense de algo menos de trece mil habitantes; presidió AUBASA y viene del Frente Renovador. Es, en la taxonomía que solemos usar en el programa, pensador, creador y hacedor a la vez. Y conviene escucharlo con atención, porque habla desde un lugar que la política nacional frecuenta poco: el de quien tuvo que sostener un municipio con la billetera vacía. Lo que sigue no es una desgrabación, sino el intento de ordenar lo que esa conversación dejó abierto.
La pierna amputada
El diagnóstico de Osuna arranca por donde menos se espera: le concede al Presidente haber cumplido. Milei, sostiene, hizo exactamente lo que se proponía. Terminó con el poder adquisitivo del salario, con la obra pública, con las transferencias a provincias y municipios. No hubo traición al programa; hubo programa. Y ahí está, acaso, la parte más inquietante de su lectura: una cosa es querer mejorar el Estado y otra muy distinta es querer desmantelarlo.
La radiografía sectorial acompaña la tesis. Zafaron la minería, la energía y un puñado de economías puntuales. El resto, que es casi todo, la está pasando mal. Osuna recorrió Santa Fe y se sentó con cámaras de industriales locales que le confesaron, con una mezcla de culpa y desconcierto, que lo habían apoyado, pero que el sector metalmecánico quedó entre las primeras víctimas de una apertura importadora hecha de un día para el otro. Y agrega un dato que cualquier intendente conoce de memoria: está endeudado el municipal, está endeudado el policía, está endeudado el docente. La deuda de las familias es el termómetro que nunca aparece en los discursos oficiales.
Hay una escena que lo sintetiza todo. En una reunión reciente con intendentes, Osuna contó el caso de un centro de desarrollo infantil terminado en un 92% que lleva dos años y medio paralizado. Ahí no hay ideología. Hay un ocho por ciento de obra que separa a un barrio de una sala para la primera infancia, y un Estado que decidió que ese ocho por ciento no valía la pena. Uno puede discutir cómo se hace la obra pública, con qué controles, con qué prioridades. Lo que no tiene defensa racional es dejar una obra al borde de la meta, cuando el grueso del costo ya se pagó y el beneficio queda a un paso. Un economista lo llamaría desperdicio. Un vecino, con más precisión, lo llama abandono.
Antes de cortar la pierna, conviene recordarlo, Osuna rescata algo del cirujano: la idea de que los números tienen que cerrar. El equilibrio fiscal, para él, es parte de un equilibrio más general. Normalizar los números, sí; tirar a alguien por la ventana, no. En el estudio lo resumí con un refrán que nunca falla: con plata cualquiera invita. Y me permití la variación simétrica: con ajuste, cualquiera puede simular que gobierna.
Osuna redobló la apuesta con un argumento que merece registrarse. Este gobierno, según su lectura, no jugó con viento en contra: contó con un respaldo del Fondo Monetario que le faltó a la gestión anterior en sus últimos años, con un blanqueo que funcionó, sin sequía, y con dólares energéticos cuyas inversiones —insiste— se decidieron antes. Con una política de obra pública cero, sentencia, difícilmente se habría hecho Vaca Muerta. Se podrá discutir el peso de cada factor. Lo que resulta difícil es atribuirle al cirujano el mérito del buen tiempo que hizo el día de la operación.
Disonancia tardía
Fue Gustavo Idoyaga quien puso sobre la mesa la pregunta incómoda, la que cualquier analista honesto tiene que hacerse: si los datos son tan elocuentes, ¿por qué el oficialismo, después de perder la provincia en septiembre del año pasado, se impuso en las legislativas nacionales de octubre y amplió su peso en ambas cámaras? Me permití intervenir con una nota crítica. A modo de provocación operativa —el recurso que Edward de Bono, el psicólogo maltés que acuñó la idea de pensamiento lateral, diseñó para sacar al razonamiento de sus carriles habituales— postulé una hipótesis: la fortaleza de Milei es el justificacionismo, esa tendencia colectiva a encontrar siempre una excusa para que lo malo no parezca tan malo.
Osuna discute el piso. No cree que la aceptación sea la que muestran ciertos medios, y asegura que en Córdoba, antiguo bastión libertario, el humor cambió abruptamente. Pero su respuesta más interesante es otra. Recuerda que Macri también ganó su elección de medio término, y que a los dos años de un gobierno el crédito suele seguir abierto. Lo que más rápido sube, dice, más rápido baja. Y Milei es más vertiginoso que el macrismo: para hacer los cambios, para profundizar los errores y, acaso, también para gastar la confianza.
Hay en su relato un detalle que vale oro clínico. Habla de municipios del interior donde el Presidente sacó setenta, ochenta por ciento de los votos, y de vecinos que tardaron dos o tres años en empezar a decir en voz alta que se habían equivocado, porque casi necesitaban un psicólogo para explicarse a sí mismos qué habían votado. Ahí habla, sin saberlo, Leon Festinger. El psicólogo social estadounidense nos invita a pensar, desde su teoría de la disonancia cognitiva, que cuando una creencia choca con la evidencia la mente no siempre corrige la creencia: muchas veces reinterpreta la evidencia para preservar la coherencia del yo. Festinger lo había estudiado en un caso extremo, el de un grupo que anunció el fin del mundo para una fecha precisa; cuando el diluvio no llegó, buena parte de los fieles no abandonó la fe, sino que la reforzó. Reconocer el error tiene un costo psíquico enorme, sobre todo cuando uno puso en la apuesta no solo el voto sino la identidad.
Por eso la desafección no llega como una revelación sino como un goteo. Primero se quedó sin trabajo el hijo, después el cuñado, después cerró el negocio de la esquina. Y un día la disonancia se vuelve insoportable y la excusa ya no alcanza.
Con todo, lo más valioso de Osuna no fue su crítica sino su autocrítica. Cuando le pregunté si rescataba algo del gobierno, respondió con una honestidad infrecuente: Milei es la prueba más cabal de que hubo cosas que se hicieron mal, y si con Milei no se aprende, no se aprende más. La gente buscó afuera del peronismo, probó con el macrismo, volvió, no encontró lo que pedía, y entonces se tiró a un escenario más vertiginoso. No hay en ese razonamiento ni nostalgia ni negación. Hay algo más raro en la política argentina: un dirigente que entiende que el adversario es, también, un síntoma.
La virtud intermedia
Si la primera mitad de la conversación fue diagnóstico, la segunda fue método. Y el método de Osuna tiene una premisa que suena modesta y es, en rigor, subversiva: antes de soñar un país nuevo, pongámonos de acuerdo en las acciones para arrancar. Desconfía de las grandes declaraciones de políticas de Estado, esas utopías que golpean la puerta cada cuatro años, y propone bajar a lo concreto. ¿Estamos conformes con cómo sale un chico de sexto grado? ¿Lee de corrido? ¿Comprende un texto? No, y no es culpa de un gobierno sino de veinte o treinta años de desajuste del sistema. Entonces, antes de discutir la universidad, acordemos cómo hacemos para que ese chico lea. Una acción. Anótela.
Lo mismo en seguridad, donde su experiencia de gestión aparece con un nivel de detalle que ningún panelista de televisión puede imitar. Osuna explica que un municipio podría tener una alcaldía para alojar uno o dos días a un menor que rompe la ciudad, hablar con él como corresponde, sin vulnerar ninguno de sus derechos, y trabajar el caso en lo local. No se hace porque, con el sistema penitenciario colapsado, una alcaldía municipal termina convertida en depósito de presos de otras ciudades. Resultado: al chico lo sueltan al día siguiente y lo vuelven a detener diez, quince veces en el año, o lo mandan a un instituto donde el Estado se desentiende de él. Que es, según Osuna, lo peor que puede pasar, porque equivale a dejar de cuidarlo y renunciar a reinsertarlo.
Sobre la reincidencia, su propuesta tiene la forma de una figura clásica. Una mitad del país critica la escuela garantista; la otra mitad, la mano dura. Osuna busca el punto medio: nadie debería quedar condenado de por vida por un error, todos merecemos la oportunidad de redimirnos; pero quien acumula siete u ocho entradas por el mismo delito ya no está pidiendo una oportunidad, está consumiendo la de los demás.
Eso que él describía tiene nombre desde hace más de dos mil trescientos años. Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, definía la virtud como un término medio entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto: el valor, por ejemplo, se ubica entre la temeridad y la cobardía. Pero el filósofo tenía el cuidado de aclarar que ese medio no es un promedio aritmético ni una zona de confort, sino una cima difícil de alcanzar, que exige juicio, oportunidad y coraje. Por eso la virtud intermedia suele confundirse con la tibieza, y no tiene nada que ver con ella. El tibio no elige. El virtuoso elige el punto exacto y lo sostiene contra los dos extremos a la vez.
Osuna, además, no deja la palabra consenso flotando como un globo. La aterriza en cuatro mesas concretas: seguridad, educación, salud pública y preparación de los jóvenes para los nuevos empleos. Esta última es la que más interpela a quien escribe estas líneas. Les estamos enseñando a los chicos, dice, lo mismo que nos enseñaban a nosotros hace veinte o treinta años, cuando el mundo cambió como pocas veces en la última década. Es exactamente la intuición que el Desarrollismo Inteligente formaliza en su Revolución Educativa 5.0: no hay desarrollo posible sin una escuela que forme para la economía que viene y no para la que se fue.
Estados municipales


Pero la idea fuerza de la entrevista, la que merece convertirse en programa, es otra. Osuna lo dijo con una claridad que se agradece: si fuera candidato a gobernador, querría 135 intendentes que fueran jefes de Estado municipales. Con salud, con parte de la seguridad, con la obra pública que no sea una ruta ni una cloaca, con la vivienda. Los intendentes, insistió, ya no son el viejo barrido, alumbrado y limpieza; son titulares de Estados locales que hoy, cada vez que abren una ventana, abren mil preguntas sin recursos para responderlas.
La vivienda es el caso testigo. Nadie pide un chalet a dos aguas, dice: pide treinta y seis, cuarenta metros cuadrados para que una madre con un hijo o un abuelo tengan un techo y se salven de un alquiler que los condena, cada mes, a renovar su pobreza. Cuando una persona que cobra entre setecientos mil y un millón y medio de pesos paga trescientos mil por una pieza, el alquiler se lleva entre una quinta parte y casi la mitad de su ingreso. Eso desvirtúa hasta la discusión paritaria: de poco sirve pelear un punto de aumento cuando la ausencia de política habitacional te arranca decenas de puntos del sueldo. Y la empuja, escalón por escalón, de la clase media a la media baja, de la media baja a la pobreza. Lo paradójico, como señalamos en el estudio, es que eso ocurra bajo un gobierno que tiene un Ministerio de Capital Humano.
La solución que propone no es más Estado ni menos Estado, sino otro Estado. Si en lugar de un instituto provincial que concentra la ejecución, la provincia aportara los ingenieros hidráulicos y el personal calificado que escasea, y los municipios ejecutaran, la obra sería más barata, más rápida y más eficiente. Lo mismo, sugiere —acaso sabiendo que se mete en un lío—, con estructuras ministeriales cuyo presupuesto rendiría más articulando lo que ya ocurre en cada distrito. Y remata con una frase que debería estar en la puerta de cada dependencia pública: la gente no quiere un Estado grande y presente; quiere un Estado eficiente.
Acaso sea pertinente recordar que esta intuición tiene una genealogía ilustre. Alexis de Tocqueville, el aristócrata francés que viajó a los Estados Unidos en 1831 para entender el secreto de su democracia, escribió que las instituciones municipales son a la libertad lo que las escuelas primarias son a la ciencia: la ponen al alcance del pueblo y le enseñan a usarla. El municipio no es la última rueda del carro estatal; es el lugar donde el ciudadano aprende que el Estado existe, que responde, que tiene nombre y apellido. Y es también, para decirlo con Arquímedes —el matemático de Siracusa al que se le atribuye haber pedido un punto de apoyo para mover el mundo—, la palanca más eficaz que tiene un gobierno para mover una provincia.
Para el Desarrollismo Inteligente esta convergencia no es casual. Nuestra propuesta concibe al Estado no como un gigante que todo lo absorbe ni como un ausente que todo lo abandona, sino como un nodo articulador: el que conecta ciencia, producción, educación, emprendedores, financiamiento y trabajo, y logra que el conjunto rinda más que la suma de las partes. Lo que Osuna describe desde la gestión municipal es esa misma arquitectura vista desde abajo. Un Estado que no ejecuta todo, pero que garantiza que todo se ejecute bien.
Hay, además, un contrapeso que lo honra. Osuna se declara a favor de terminar con la reelección indefinida, aun sabiendo que se pelea con muchos compañeros. Su razonamiento tiene una lucidez casi mecánica: si a un intendente le transferís fondos nuevos y no le limitás el tiempo, el primer mandato sale bien, en el segundo gasta parte del presupuesto en sostenerse y en el tercero termina haciendo una macana. Lord Acton, el historiador británico del siglo XIX, lo había formulado en una carta célebre: el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Osuna no necesita la cita; le alcanza con haber visto el fenómeno de cerca. Descentralizar sin limitar los mandatos sería, en sus palabras, el combo perfecto para un nuevo fracaso.
Dios atiende
El refrán es viejo y todo el interior lo conoce: Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires. Osuna le agrega una actualización bonaerense que suena a hartazgo: la política provincial se cocina en veinticuatro distritos, y él no piensa ser parte del menú; quiere estar sentado a la mesa. Lo dijo de varias maneras y todas convergen en una sola tesis: si el peronismo vuelve a pensarse únicamente desde el conurbano, lo único que construye es una nueva derrota. Un motor nuevo, dijo con una imagen difícil de olvidar, para un auto que va indefectiblemente al precipicio.
No es un reclamo de cartel. Lo aclaró con elegancia cuando lo provoqué con su propio nombre: no sería él si viniera a hablar para sí mismo. Lo que pide es que en la próxima fórmula a la gobernación haya un hombre o una mujer del interior, como gobernador o como vice, y que el pensamiento provincial incorpore en cargos relevantes a dirigentes de municipios de quince, veinte o treinta mil habitantes, porque hay una forma de entender la realidad que solo se aprende ruta adentro. Y lamenta, con una franqueza que duele, que distritos históricamente peronistas hayan quedado en manos de otras fuerzas por la razón más simple y más grave: les dejaron de hablar.
En el estudio me vino a la cabeza la figura del director técnico que sabe a quién poner. Una selección que juega siempre con los mismos once del mismo barrio no es una selección; es un equipo de barrio con camiseta prestada. La provincia de Buenos Aires está hecha de dos grandes masas, el conurbano y el interior, y ninguna fórmula que ignore una de las dos puede aspirar a gobernar el todo.
Sobre Kicillof, la lectura de Osuna —que gobernó casi seis años en sintonía con él— fue matizada. Un primer mandato con muchos recursos nacionales y obra pública, un segundo con todo el viento en contra; un gobernador que soporta con dignidad el desdén nacional hacia la provincia y que no tiene causas de corrupción. Pero también una oportunidad perdida: la de refuncionalizar el Estado provincial, tarea que, advierte, el próximo gobernador tendrá que animarse a encarar. Y separa con prolijidad dos preguntas que la militancia suele mezclar: una cosa es evaluar una gestión y otra es decidir si alguien es el mejor candidato para construir más allá de los propios.
En el plano nacional, su mirada fue igualmente sobria. La oposición, dice, mostró madurez: fue contundente en las críticas y en el Congreso, pero nunca golpista; los insultos y el maltrato a la prensa vienen del oficialismo. Ve a Milei o a Patricia Bullrich como posibles candidatos del gobierno y, en cualquiera de los dos casos, poco margen para una reelección: recuerda que ni Macri ni Alberto Fernández lo lograron, y que ni siquiera Sergio Massa, a quien considera el dirigente más capacitado del país, pudo remontar el descrédito del gobierno que integraba. Del lado opositor, defiende las PASO como condición de una interna real y una oferta plural en la que no se pierdan figuras tan distintas como Kicillof, Massa, Zamora y Uñac. Cuatro maneras de interpretar la política, dos de ellas del interior. Sin interior, insiste, no hay proyecto nacional.
La lección brasileña
Y entonces apareció Brasil, como aparecen las evidencias que uno no salió a buscar. Días antes de la entrevista, Lula da Silva había ganado la segunda vuelta frente a Flávio Bolsonaro después de haber quedado segundo en la primera. Osuna leyó el resultado con ojo de constructor: Lula no se encerró con sus fanáticos; entendió, a los ochenta años, que con los propios no alcanzaba, y sostuvo a su lado como vicepresidente a Geraldo Alckmin, un dirigente que viene de otra tradición y que alguna vez fue su adversario. Unidad en la diversidad, la llamó.
Pero lo más interesante no fue la alianza de cúpulas, sino lo que Osuna rescató por abajo: Lula hizo sentir parte al compañero. Un grupo de WhatsApp multitudinario no es solo una herramienta de difusión; es una pertenencia, una tarea, un lugar en el plan. Cuando hay que poner un colectivo para llenar un acto, dijo, es porque la gente no está yendo sola. Y propuso algo que, viniendo de un peronista, tiene la fuerza de una síntesis histórica: el próximo 17 de octubre va a ser en las redes. Hay miles de argentinos que quieren cambiar las cosas y no saben cómo, porque los partidos no se reúnen, porque uno lleva una idea y nadie la escucha, porque se siente pedaleando en el aire.
Everett Rogers, el sociólogo estadounidense que estudió durante décadas cómo se difunden las innovaciones en una sociedad, mostró que las ideas nuevas no se propagan por la potencia del emisor sino por la densidad de las redes interpersonales: la gente adopta lo que adoptan aquellos en quienes confía. Una campaña que convierte a cada simpatizante en un nodo activo no está haciendo marketing; está construyendo capilaridad. Y la capilaridad, a diferencia del aparato, no se compra: se gana. Es la misma convicción que guía al Desarrollismo Inteligente. Un proyecto de país no se instala desde una tribuna, sino desde una red de protagonistas que se sienten autores y no espectadores.
Una figura identificatoria
¿A quién quisiera parecerse Javier Osuna? La respuesta, acaso, la dio él mismo sin proponérselo. No a Lula el caudillo carismático, sino a Lula el constructor tardío: el que entendió que la épica propia ya no alcanzaba y fue a buscar al distinto. Pero hay en Osuna una cualidad que lo vuelve más interesante que un simple admirador del modelo brasileño. Su pensamiento no baja de la teoría a la gestión; sube de la gestión a la teoría. Viene del centro de desarrollo infantil al 92%, del chico detenido quince veces, del abuelo que no llega al alquiler. Y desde ahí, con una inteligencia práctica que admiro, construye una idea de provincia.
Al despedirlo le dije que lo suyo era la sabiduría de lo simple y la simpleza de los sabios. Lo sostengo. En su cierre propuso tomar lo mejor de cada uno en lugar de lo peor del otro, y advirtió que, así como Milei tuvo su oportunidad por los errores ajenos, la oposición tiene ahora la suya por los errores del gobierno. Es una simetría que conviene leer con cuidado, porque encierra una advertencia: las oportunidades que nacen del error ajeno se pierden con el error propio.
La Argentina necesitaba bajar de peso. Nadie serio lo discute. Pero un país no es un número en la balanza; es un cuerpo que tiene que caminar, y lo que camina por la Argentina profunda son sus municipios, sus fábricas medianas, sus maestras endeudadas, sus pueblos de trece mil almas. Milei eligió el bisturí y la balanza, por ahora, le dio la razón. Tal vez el desafío de los que vienen sea más difícil y más hermoso: hacer la dieta sin amputar a nadie. Porque un país que adelgaza a fuerza de amputaciones no se vuelve ágil. Se vuelve rengo.
Mini glosario de Javier Osuna
Las ideas centrales de la entrevista, traducidas a conceptos.
Ajuste amputativo. Forma de alcanzar el equilibrio fiscal eliminando funciones enteras del Estado en lugar de hacerlas más eficientes. Los números cierran, pero el país pierde capacidad de producir y de cuidar. Osuna lo ilustra con la imagen de «cortar la pierna» para bajar de peso; su alternativa es un ajuste gradual, que ordena sin dejar a nadie afuera.
Consenso incremental. Construcción de acuerdos de abajo hacia arriba. En vez de perseguir grandes pactos abstractos, que suelen naufragar, se acuerdan metas concretas y medibles en las que casi todos coinciden, como que todo chico de sexto grado lea y comprenda un texto. El acuerdo pequeño y cumplido genera la confianza que vuelve posible el grande.
Prevención territorial. Seguridad pensada desde el municipio. Su herramienta es la alcaldía local: una instancia breve de contención para menores que delinquen, que permite intervenir a tiempo sin romper el vínculo del chico con su comunidad. La premisa es que la prevención funciona mejor cuanto más cerca está del territorio.
Reincidencia. Criterio para salir de la falsa opción entre garantismo y mano dura. Segunda oportunidad para quien se equivoca y respuesta firme para quien repite el mismo delito una y otra vez. Lo que se evalúa no es el hecho aislado, sino la trayectoria.
Pobreza habitacional. Empobrecimiento que produce el alquiler: cuando se lleva buena parte del salario, la familia vuelve a empobrecerse cada mes aunque trabaje. Por eso la vivienda deja de ser un tema sectorial y pasa a ser una política de ingresos: una casa propia de 36 a 40 metros cuadrados vale más que varios puntos de paritaria.
Municipalismo. Traspaso de poder real a los intendentes, a quienes Osuna llama «jefes de Estado municipales». Dejan de ser administradores de servicios básicos y pasan a gobernar con competencias y presupuesto en salud, vivienda, obra pública y parte de la seguridad. El supuesto de fondo: quien está más cerca del problema lo resuelve mejor y más barato.
Eficiencia estatal. Criterio que desplaza la vieja discusión entre Estado grande y Estado chico. Lo que importa es si el Estado funciona. La legitimidad pública se gana con resultados visibles, no con la cantidad de empleados ni con la retórica de la presencia.
Alternancia. Contrapeso necesario de la descentralización. Transferir fondos sin limitar mandatos convierte el poder en un fin en sí mismo: el primer período se gestiona, el segundo se administra la permanencia, el tercero se paga el costo. Por eso Osuna rechaza la reelección indefinida: a más autonomía, más alternancia.
Conurbano-centrismo. Tendencia a decidir el destino de toda la provincia desde el Gran Buenos Aires, dejando al interior como espectador. Osuna lo resume en una queja: la política se cocina en veinticuatro distritos, y el interior es menú y no comensal.
Representación territorial. Exigencia de que la próxima fórmula a la gobernación incluya a alguien del interior. No como cupo simbólico, sino porque hay una manera de entender los problemas que solo se aprende ruta adentro.
Renovación cosmética. Cambio de candidatos sin cambio de mirada, que no corrige el error sino que lo repite con caras nuevas. Osuna lo describe como poner un motor nuevo a un auto que va al precipicio, y lo advierte al peronismo que se piensa solo desde el conurbano.
Movilización digital. Participación política basada en la pertenencia y no en el traslado. Tomada de la campaña de Lula, propone que cada militante se sienta parte de un plan y protagonista de él. Osuna la sintetiza como un 17 de octubre en las redes.
Síntesis agregativa. Construcción de un proyecto sumando lo mejor de cada liderazgo, en lugar de definirse por lo peor del adversario. Es la condición para pasar de una coalición de rechazo a una coalición de proyecto.
