EMPRENDEDORISMO: UN EJÉRCITO SIN UNIFORME

Desarrollismo Inteligente y la revolución emprendedora: de la changa de supervivencia a la exportación de ingenio

FEDERICO GONZÁLEZ

11/1/202619 min read

Son las once de la noche en una pieza de González Catán. Un pibe de diecinueve años fotografía fundas de celular sobre una sábana blanca, ajusta la luz con la linterna del teléfono y sube la publicación a Instagram. Mañana va a cobrar en pesos, por transferencia, a vecinos del mismo partido. A cuatrocientos kilómetros, en Tandil, otro pibe de la misma edad cierra la computadora después de una reunión con un cliente de Austin. Escribió código toda la tarde. Va a facturar en dólares.

Los dos son emprendedores. Los dos tienen audacia, olfato y una tolerancia al riesgo que haría palidecer a cualquier gerente de banco. Uno emprende para sobrevivir; el otro, para conquistar. Entre ambos no media una diferencia de talento ni de coraje. Media una diferencia de geografía institucional: alrededor del segundo hay una universidad, una cámara empresaria, un municipio que entendió de qué se trataba y treinta años de una apuesta sostenida. Alrededor del primero hay un algoritmo y la necesidad.

Este texto trata sobre cómo convertir al primero en el segundo. Y sobre cómo hacerlo no con uno, sino con cientos de miles.

La paradoja argentina

Acaso sea pertinente empezar por una buena noticia, porque la Argentina las administra mal y las celebra peor. Según el informe 2024/2025 del Global Entrepreneurship Monitor, el consorcio académico internacional que mide la actividad emprendedora en más de medio centenar de economías, el 23,4% de los adultos argentinos está involucrado en un emprendimiento en etapa temprana. Es una de las tasas más altas del planeta. Y hay un dato todavía más revelador: la Argentina registra el menor nivel de miedo al fracaso de las cincuenta y una economías relevadas.

Confieso que ese número me conmueve y me inquieta en partes iguales. El argentino no le teme al fracaso porque lo frecuentó demasiado como para tenerle respeto. Hiperinflaciones, corralitos, devaluaciones, cierres: generaciones enteras aprendieron que el suelo se mueve y que hay que saltar igual. Esa es una materia prima que cualquier país del mundo envidiaría.

Pero el mismo informe trae la letra chica. El 88% de los emprendedores argentinos declara que arrancó para ganarse la vida porque el trabajo escasea. El 83,5% de los adultos reportó una caída del ingreso de su hogar, la cifra más alta de todas las economías estudiadas. Apenas el 5,6% de los emprendimientos nuevos obtiene una cuarta parte o más de sus ingresos en mercados externos. Y la tasa de negocios consolidados, los que sobreviven y se afianzan, es apenas del 6,4%.

La literatura especializada distingue entre el emprendimiento por necesidad, el de quien emprende porque no encuentra otra salida, y el emprendimiento por oportunidad, el de quien detecta un hueco en el mercado y decide ocuparlo. El refranero español lo resolvió hace siglos: la necesidad tiene cara de hereje. La Argentina tiene una enorme masa de emprendedores herejes, empujados por el hambre antes que tirados por el horizonte. Emprenden mucho, emprenden rápido y emprenden para adentro.

Joseph Schumpeter, el economista austríaco que en Capitalismo, socialismo y democracia acuñó la expresión destrucción creadora, nos invita a pensar al emprendedor como el agente que introduce combinaciones nuevas —un producto, un método, un mercado— y que, al hacerlo, vuelve obsoletas las estructuras viejas y renueva la economía entera. El emprendedor schumpeteriano no replica: transforma. El emprendedor de necesidad, en cambio, suele replicar lo que ya existe en el barrio, porque no tiene ni el capital ni la red ni la información para hacer otra cosa. No es un defecto de carácter. Es un defecto de ecosistema.

El cuadro se completa con un dato que debería avergonzarnos más de lo que nos avergüenza. Según los perfiles estadísticos de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, en 2024 los residentes argentinos presentaron 445 solicitudes de patente; los no residentes, 3.146. Ocho de cada diez inventos que se intentan proteger en nuestro territorio son ajenos. Las solicitudes internacionales argentinas por la vía del Tratado de Cooperación en materia de Patentes fueron 28. China presentó 73.718 en 2025. Inventamos para el barrio y patentan otros.

Una geometría necesaria

Quien me lee con frecuencia conoce mi obsesión geométrica, y no pienso disimularla. El Desarrollismo Inteligente propone pensar el desarrollo como una pirámide de base hexagonal: seis actores productivos en la base —ciencia, producción, educación, emprendedores, financiamiento y trabajo— y el Estado en la cúspide, no como un vértice más sino como nodo articulador. Quince conexiones entre los seis de la base, seis aristas que bajan desde el Estado: veintiuna conexiones en total.

El vértice emprendedor es el que convierte conocimiento en mercado. Sin él, la ciencia publica papers que nadie aplica y la educación forma egresados que nadie contrata. Pero un vértice suelto no hace pirámide. El emprendedor de González Catán es un vértice sin aristas: no lo conecta nada con la universidad, con el financiamiento, con el mundo. Todo el problema argentino del emprendedorismo cabe en esa imagen: tenemos los puntos, nos faltan las líneas.

Lecciones israelíes

A comienzos de los noventa, Israel tenía un problema que hoy parece un privilegio. La ola migratoria proveniente de la ex Unión Soviética le había depositado decenas de miles de ingenieros y científicos, pero el país no tenía una industria de capital de riesgo capaz de financiar lo que esas cabezas podían inventar. En 1993 el Estado lanzó el programa Yozma: cien millones de dólares de fondos públicos para crear fondos de inversión mixtos junto a inversores privados extranjeros. El Estado ponía hasta el 40% del capital y, detalle decisivo, les otorgaba a los socios privados la opción de comprarle su participación durante cinco años. La mayoría la ejerció.

Los once fondos iniciales invirtieron en 217 compañías y lograron 122 salidas exitosas, más de la mitad de la cartera. En 1997 el fondo estatal se privatizó. Israel ocupa hoy el cuarto lugar mundial en unicornios —empresas emergentes valuadas en más de mil millones de dólares— por millón de habitantes, con 2,35, y el séptimo en cantidad absoluta, con 25 activos.

Mariana Mazzucato, la economista que en El Estado emprendedor desmontó el mito del sector público como mero corrector de fallas de mercado, sostiene que el Estado puede y debe asumir el riesgo inicial que el privado no está dispuesto a asumir, creando mercados donde antes no los había. Yozma es la demostración de manual, con una sutileza que muchos olvidan: el Estado israelí no solo supo entrar, supo irse. Diseñó su propia salida desde el primer día. El que se fue a Sevilla perdió su silla, dice el refrán; en este caso, el Estado se fue a Sevilla a propósito, y la silla la ocupó una industria entera.

La paradoja china

En 2014, el entonces primer ministro Li Keqiang lanzó la consigna del emprendimiento masivo y la innovación masiva. En enero de 2015 visitó un espacio de fabricación digital en Shenzhen, la televisión estatal transmitió la visita y la palabra hacedor entró en el informe anual de gobierno. Lo que siguió fue una de las campañas de movilización emprendedora más ambiciosas de la historia.

Y también una de las más aleccionadoras. Los gobiernos locales empezaron a subsidiar los llamados espacios maker exigiéndoles métricas de cantidad: cuántas empresas incubaban, cuántas patentes registraban. Para 2018 el conteo oficial superaba los 5.500 espacios. Pero un relevamiento del British Council de 2016 había encontrado apenas un centenar que podían llamarse genuinamente espacios de fabricación; muchos eran cafés con wifi o simples oficinas compartidas. Más de la mitad reportaba pérdidas. En 2018 el Ministerio de Ciencia y Tecnología dio de baja a 24 por no cumplir requisitos y la prensa empezó a hablar de un invierno maker.

Con las patentes ocurrió algo parecido. Durante años, los gobiernos provinciales chinos subsidiaron la presentación de solicitudes, pagaron tasas y honorarios y premiaron la cantidad. Hecha la ley, hecha la trampa: proliferaron las solicitudes de baja o nula calidad. El economista británico Charles Goodhart formuló una ley que lleva su nombre y que explica el fenómeno con precisión: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida. Si se premia contar patentes, se fabrican patentes para contar.

Lo notable es lo que China hizo después. En enero de 2021, la Administración Nacional de Propiedad Intelectual ordenó eliminar los subsidios a la presentación de solicitudes antes de mitad de ese año, limitó el apoyo restante a patentes efectivamente concedidas y fijó 2025 como fecha final para todos los subsidios a la concesión. Prohibió las cuotas de solicitudes y desplazó el financiamiento hacia la comercialización. El resultado: China se convirtió en el primer país en superar los cinco millones de patentes de invención vigentes, alcanzó 15,3 patentes de alto valor cada diez mil habitantes —por encima de la meta de 12 de su plan quinquenal— y elevó la tasa de patentes empresariales efectivamente industrializadas del 44,9% en 2020 al 53,3% en 2024. Huawei encabeza el ranking mundial de solicitantes internacionales con 7.523 solicitudes publicadas en 2025.

La lección china es doble y conviene no quedarse con la mitad. Primera mitad: la mística funciona. Un país puede instalar en una década la idea de que inventar y patentar es un acto patriótico y aspiracional. Segunda mitad: la métrica decide todo. China corrigió a tiempo porque entendió que el objetivo no era tener patentes, sino tener patentes que se convierten en productos, empleos y exportaciones.

Pequeños gigantes

Estonia tiene menos de un millón y medio de habitantes y produjo diez unicornios: 7,14 por millón de personas, el segundo registro del mundo y el primero de la Unión Europea. De allí salió Skype. Su programa de residencia electrónica, que permite a extranjeros abrir y operar empresas estonias en línea, reúne una comunidad de unos 140.000 residentes digitales. La clave estonia es una mentalidad: con un mercado interno minúsculo, nadie emprende para el barrio. La literatura de negocios internacionales llama nacidas globales —acaso convendría decir nativas globales— a las empresas que se internacionalizan desde su fundación, en lugar de crecer primero en casa y salir después. En Estonia esa no es una categoría académica. Es la única forma de existir.

Chile, más cerca, lanzó en 2010 Start-Up Chile, un programa que ofrecía capital semilla y visa a emprendedores de cualquier país dispuestos a instalarse en Santiago. Quince años después, el programa apoyó a más de tres mil emprendimientos, el 62% de ellos extranjeros, y su cartera incluye cuatro unicornios, entre ellos NotCo, Betterfly y Cabify. La valuación de ese portafolio, unos 6.500 millones de dólares, equivale a 68 veces la inversión pública acumulada hasta 2023. Con plata cualquiera invita, dice el refrán; Chile demostró que con poca plata bien puesta se puede invitar al mundo.

Finlandia, por su parte, entendió que el emprendedor se forma antes de saber que lo es. El emprendedorismo integra su educación básica obligatoria, orientado por directrices ministeriales publicadas en 2009 y actualizadas en 2017, y fue reforzado como tema transversal en el secundario a partir de 2019. Según un relevamiento del propio Global Entrepreneurship Monitor citado por la Universidad de Oulu, Finlandia ocupó el primer lugar entre cincuenta países en educación emprendedora.

Israel aporta el financiamiento inteligente; China, la mística y la cultura de patentes, con su corrección incluida; Estonia, la vocación global desde la cuna; Chile, la capacidad de atraer talento con poco; Finlandia, la escuela. Ninguno de estos modelos es trasplantable en bloque. Todos son combinables.

Tandil enseña

Pero no hace falta cruzar el océano para encontrar el modelo. Lo tenemos a cuatro horas de la Capital.

Tandil es una ciudad de unos 150.000 habitantes enclavada en las sierras bonaerenses. En marzo de 2003, la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires firmó el acuerdo para instalar un polo científico y tecnológico orientado a desarrollar software para mercados internacionales, sobre la base de los estudiantes y graduados de su Facultad de Ciencias Exactas. Según datos difundidos en 2023, la ciudad pasó de unas 15 empresas tecnológicas y alrededor de 300 trabajadores a cerca de 60 empresas y entre 1.700 y 2.000 profesionales. Tandil es hoy la tercera ciudad más especializada en software del país, solo detrás de la Ciudad de Buenos Aires y Vicente López. Globant, cuyo cofundador Guibert Englebienne es tandilense, abrió allí su sede en 2006.

Lo interesante no son los números, sino el mecanismo. La universidad diseña carreras, diplomaturas y posgrados en diálogo con la Cámara de Empresas del Polo Informático, que a veces propone directamente qué formar. De los laboratorios universitarios salen empresas propias, como desarrollos para el agro o para la eficiencia de redes eléctricas. Y hubo una continuidad política poco habitual: un municipio que sostuvo la apuesta durante décadas y un plan estratégico de software y biotecnología que la ordenó.

En 1968, el físico Jorge Sábato y el politólogo Natalio Botana propusieron un modelo que todavía hoy se enseña en el mundo entero: el triángulo que une al gobierno, a la infraestructura científico-tecnológica y a la estructura productiva. Su tesis era que el desarrollo solo ocurre cuando esos tres vértices se conectan de manera permanente. Tandil es, acaso, la demostración más elocuente de que el triángulo de Sábato funciona cuando alguien se toma el trabajo de cerrarlo. El Desarrollismo Inteligente propone algo más ambicioso: que ese triángulo crezca hasta convertirse en la pirámide hexagonal de la que hablaba más arriba. Pero el principio es el mismo. Tandil no tuvo petróleo ni puerto. Tuvo aristas.

Lección Balseiro

Si Tandil enseña cómo se construye un ecosistema, Bariloche enseña cómo se construye excelencia.

El 22 de abril de 1955, la Comisión Nacional de Energía Atómica y la Universidad Nacional de Cuyo firmaron el convenio que dio origen al Instituto de Física, rebautizado luego con el nombre de su primer director, José Antonio Balseiro, un físico que murió en 1962 con apenas cuarenta y dos años. El modelo es deliberadamente exigente: para ingresar hay que haber aprobado dos años de una carrera afín, rendir un examen escrito y pasar una entrevista. En 2017 entraron 55 alumnos sobre 210 postulantes. Los estudiantes reciben becas para alojamiento y alimentación y conviven con sus docentes en el predio del Centro Atómico Bariloche, en una proporción de hasta diez profesores cada cuarenta y cinco alumnos. Desde 1955 egresaron más de 2.500 profesionales.

Y de esa excelencia nació una empresa. Un programa iniciado en 1972 derivó en la creación de INVAP, fundada por egresados del Balseiro encabezados por Conrado Varotto. INVAP exportó reactores de investigación a Argelia, Egipto y Australia, y participa en la construcción de satélites y radares. Una sociedad del Estado rionegrino que le vende tecnología nuclear al primer mundo.

El Balseiro demostró algo que la Argentina olvida con una facilidad pasmosa: el país sabe fabricar excelencia cuando decide no abaratarla. Selección rigurosa, dedicación total, comunidad de pertenencia y un puente directo entre el laboratorio y la empresa. Esa es la fórmula. Lo que proponemos es federalizarla.

Ejército global

Llegamos al corazón de la propuesta. El Desarrollismo Inteligente se propone formar un ejército de jóvenes emprendedores globales capaces de vender bienes y servicios argentinos al mundo.

La palabra ejército es deliberada y merece una aclaración. No hablamos de uniformes ni de cuarteles. Hablamos de escala, de disciplina y de propósito compartido. Un ejército sin uniforme cuyas armas son los idiomas, el código, el diseño, la biotecnología, la inteligencia artificial, la ingeniería de alimentos y la capacidad de negociar con un cliente en Singapur a las tres de la mañana.

¿Es una fantasía? Los números dicen que no. Según datos difundidos en junio de este año, la economía del conocimiento exportó 10.085 millones de dólares en los doce meses cerrados a marzo de 2026, con un crecimiento interanual del 11,7%, y ya es el tercer complejo exportador del país, detrás del agro y la energía. Eso lo lograron empresas y profesionales que, en buena medida, se las arreglaron solos. Imaginemos lo que podría ocurrir con un país empujando detrás.

Jean-Jacques Lambin, el profesor belga que sistematizó el marketing estratégico, distinguía entre la innovación empujada desde el laboratorio, que nace de lo que la ciencia puede hacer, y la innovación tirada por la demanda, que nace de lo que el mercado necesita. El emprendedor global argentino tiene que aprender a escuchar la demanda del mundo, no solo la del barrio. La pregunta deja de ser qué puedo venderle a mi vecino y pasa a ser qué problema tiene alguien en Lagos, en Seúl o en Rotterdam que yo pueda resolver desde Tandil, Rafaela o Posadas.

A modo de provocación operativa —el recurso que Edward de Bono, el médico y psicólogo maltés creador del pensamiento lateral, propuso para romper los patrones mentales automáticos— sentenciaré: la Argentina necesita cien mil jóvenes que facturen en dólares antes de cumplir treinta años. No es una meta de planilla. Es una brújula. Y si el número parece desmesurado, conviene recordar que el país tiene hoy millones de emprendedores de necesidad que ya demostraron lo más difícil, que es animarse.

Red federal

Un ejército necesita una estructura. La nuestra se llama Red Federal de Emprendedorismo, y es el núcleo de la Ley de Ecosistemas Emprendedores Territoriales que impulsa el Desarrollismo Inteligente.

La lógica es la de Tandil multiplicada. En cada provincia, un nodo anclado en una universidad, una cámara empresaria y el gobierno provincial, con capacidad de diseñar estrategias según la vocación productiva del territorio: no es lo mismo emprender en la cuenca vitivinícola mendocina que en el polo agroalimentario santafesino o en la economía del litio de la Puna. En cada ciudad, una estructura de apoyo concreta: una ventanilla única para formalizar, mentores con experiencia real, capital semilla, asesoramiento para exportar y una oficina de propiedad intelectual que acompañe desde la idea hasta la patente.

El financiamiento se inspira en Yozma, con escala federal: un fondo público que coinvierte con privados en cada región, con opción de recompra para que el Estado recupere su capital y lo recicle hacia nuevos fondos. El Estado entra, cataliza y se retira. No como benefactor eterno, sino como el que enciende el motor y después le pasa el volante a otro.

La red federal tiene, además, una dimensión que excede la economía. La Argentina concentra oportunidades en un puñado de ciudades y expulsa talento desde todas las demás. Un pibe de Concordia o de Trelew no debería tener que mudarse a Palermo para emprender en serio. Tandil y Bariloche prueban que el interior puede ser el centro.

Mística emprendedora

Pero ninguna estructura funciona sin alma. Y aquí entramos en la capa que los economistas suelen omitir y que, sospecho, es la decisiva.

Max Weber, el sociólogo alemán que en La ética protestante y el espíritu del capitalismo exploró el vínculo entre religión y economía, mostró que el capitalismo moderno no nació solo de incentivos materiales, sino de una ética: ciertas comunidades protestantes vivían el trabajo metódico y la prosperidad como señales de una vida bien orientada. Había un sentido trascendente detrás del esfuerzo. La Argentina necesita su propia ética emprendedora, laica y federal: la idea de que crear una empresa, inventar un producto o abrir un mercado no es solo un camino de ascenso individual, sino una forma de servir al país.

Por eso proponemos crear clubes de emprendedores con la misma lógica que los clubes de barrio. El club es acaso la institución argentina más subestimada: allí generaciones aprendieron a pertenecer, a competir, a perder un domingo y volver el martes a entrenar. Dime con quién andas y te diré quién eres, dice el refrán, y el club de emprendedores sería exactamente eso: un lugar donde el pibe que tiene una idea encuentra a otros que también la tienen, donde los que ya facturan en dólares vuelven a contar cómo lo hicieron, donde hay torneos interbarriales de proyectos como hay ligas de inferiores y donde se lleva puesta la camiseta.

Joseph Campbell, el mitólogo estadounidense que estudió los relatos heroicos de todas las culturas, describió una estructura común que llamó el viaje del héroe: el llamado a la aventura, el cruce del umbral, las pruebas, la caída y el regreso con un don para la comunidad. Es, casi punto por punto, la biografía de todo emprendedor. Una sociedad que quiere emprendedores necesita contar esas historias, celebrarlas y, sobre todo, cerrar el ciclo: que el que triunfó vuelva a su club con el don.

Escuela inventora

La mística se siembra temprano. Por eso la Ley de Escuela Emprendedora propone dos cosas concretas.

Primera: el emprendedorismo como materia en el sistema educativo, desde la primaria hasta el final del secundario, con contenidos que progresan según la edad. Detectar problemas, diseñar soluciones, trabajar en equipo, calcular costos, presentar una idea, aprender que el fracaso es un dato y no una sentencia. Finlandia lo hizo y nadie la acusa de haber mercantilizado la infancia.

Segunda: en cada escuela, un espacio de inventos y emprendimientos. Un taller con herramientas reales, impresoras 3D, electrónica básica, computadoras y, sobre todo, tiempo protegido para crear. La Argentina tiene una tradición valiosa en las ferias de ciencias; se trata de convertir la feria anual en un hábito cotidiano. Aquí la lección china es preciosa: un espacio de fabricación sin herramientas, sin docentes formados y sin proyectos reales es un café con otro nombre. La métrica no puede ser cuántos talleres se inauguraron, sino cuántos proyectos salieron de ellos y llegaron a algún lado.

Patentar futuro

Queda la última pieza, y quizás la más estratégica: la cultura de las patentes.

Una patente es una idea que aprendió a defenderse. Es el instrumento que permite que un invento argentino genere regalías en lugar de ser copiado, que un emprendedor negocie con un gigante en vez de ser absorbido por él, que el conocimiento producido en nuestras universidades se quede trabajando para el país. Que en 2024 los residentes argentinos hayan presentado apenas 445 solicitudes no habla de falta de ingenio. Habla de falta de cultura, de información y de incentivos.

El Desarrollismo Inteligente propone aprender de China en las dos mitades de su experiencia. De la primera, la mística: alfabetización en propiedad intelectual desde la escuela, oficinas de transferencia tecnológica en cada universidad y en cada nodo de la red federal, y un régimen de primera patente joven que cubra los costos de los inventores menores de treinta años. De la segunda, la corrección: ese apoyo se paga una vez que la patente es concedida, y los premios mayores se reservan para las patentes que se licencian, se industrializan o se exportan. Nada de subsidiar solicitudes para engordar estadísticas. Patentes que se venden, no patentes que se cuelgan en la pared.

Una figura identificatoria

Si este proyecto tuviera que mirarse en un espejo, elegiría a Conrado Varotto. Físico formado en el Balseiro, fundó INVAP y después la Comisión Nacional de Actividades Espaciales. Encarna exactamente lo que el Desarrollismo Inteligente entiende por emprendedor: una síntesis de explorador, descubridor e ingeniero que entra en el campo de lo posible con la intención de alcanzarlo, asumiendo el riesgo. No fue un ganador de la lotería ni un genio solitario. Fue el producto de una institución que creyó en la excelencia y de un Estado que, al menos durante un tiempo, supo ser socio y no estorbo.

Varotto demostró que se puede emprender desde la Argentina hacia el mundo con tecnología de punta. Lo que nos falta es que su historia deje de ser una excepción y se convierta en una trayectoria posible para un pibe de González Catán.

Volvamos a él, entonces. Al de las fundas de celular. No necesita que lo salven. Necesita que lo conecten: con una escuela que le haya enseñado a inventar, con un club donde encontrar a otros como él, con una red que le acerque capital y mentores, con una oficina que le explique cómo proteger lo que crea, con un mundo que está del otro lado de la pantalla esperando que alguien le resuelva un problema.

La Argentina siempre tuvo emprendedores. Lo que nunca tuvo fue un país que emprendiera con ellos.

Mini glosario emprendedor

Capital semilla. Primer dinero que recibe un proyecto cuando todavía es apenas una idea con ganas. Es el más riesgoso y el más escaso: el que casi nadie quiere poner y sin el cual casi nada empieza.

Club emprendedor. Institución de pertenencia que transforma la iniciativa individual en identidad colectiva. Hereda del club de barrio su pedagogía más profunda: se compite, se pierde el domingo y se vuelve a entrenar el martes.

Destrucción creadora. Concepto de Joseph Schumpeter: la innovación vuelve obsoletas las estructuras viejas y, al hacerlo, renueva la economía. El emprendedor que la encarna no replica lo que existe; lo reemplaza.

Ecosistema territorial. Trama de universidad, empresas, Estado local y financiamiento que convierte a un territorio en incubadora permanente. Su versión federal pone un nodo en cada provincia y una ventanilla en cada ciudad, para que el talento no tenga que emigrar a la capital para florecer.

Emprendedor global. Sujeto que piensa su producto desde la demanda del mundo y no desde los límites del barrio. Su materia prima es el conocimiento; su mercado, el planeta. Multiplicado por cien mil, es el ejército sin uniforme que propone el Desarrollismo Inteligente.

Emprendimiento defensivo. El que nace empujado por la necesidad para proteger un ingreso que se derrumba. Replica lo que existe, compite por el mismo cliente y vende para adentro. No es un defecto de carácter: es el síntoma de un ecosistema ausente.

Emprendimiento expansivo. El que nace tirado por una oportunidad y aspira a crecer, innovar y exportar. Crea mercados en lugar de disputarlos. El desafío argentino es convertir lo defensivo en expansivo.

Empresa nativa global. La que nace pensada para el mercado mundial, como el nativo digital nace en la red. No se internacionaliza: ya es internacional desde su primer día. En Estonia es la regla; en la Argentina debería dejar de ser la excepción.

Escuela emprendedora. Escuela que enseña a detectar problemas y a diseñar soluciones, y que trata el error como un dato y no como una sentencia. Combina el emprendedorismo como materia con un espacio de inventos donde la creatividad tiene herramientas y tiempo protegido.

Estado emprendedor. Idea de Mariana Mazzucato: el Estado no solo corrige fallas de mercado, también asume el riesgo inicial que el privado esquiva y crea mercados nuevos. Su versión inteligente sabe entrar, catalizar y retirarse.

Ley de Goodhart. Formulada por el economista Charles Goodhart: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida. Si se premia contar patentes, se fabrican patentes para contar.

Mística emprendedora. Ética compartida que le da sentido trascendente al acto de crear: emprender no solo como ascenso personal, sino como forma de servir al país. Es la versión laica y federal de lo que Max Weber encontró en el espíritu del capitalismo.

Patente joven. Régimen que cubre la primera patente de los inventores menores de treinta años, pagado una vez concedida y premiado cuando se licencia o se exporta. Una patente es una idea que aprendió a defenderse.

Pirámide hexagonal. Modelo del Desarrollismo Inteligente: ciencia, producción, educación, emprendedores, financiamiento y trabajo en la base; el Estado como cúspide articuladora; veintiuna conexiones en total. Tenemos los puntos; nos faltan las líneas.

Provocación operativa. Recurso de Edward de Bono, creador del pensamiento lateral: un enunciado deliberadamente desafiante que obliga a salir de los patrones mentales automáticos para pensar distinto.

Revolución emprendedora. Transformación cultural, educativa e institucional que convierte una sociedad de emprendedores de supervivencia en una de emprendedores de conquista. No se decreta ni se improvisa: se siembra en la escuela, se celebra en el club, se financia en el ecosistema territorial y se protege con patentes. Es el paso de la changa al mundo.

Triángulo de Sábato. Modelo propuesto en 1968 por Jorge Sábato y Natalio Botana: el desarrollo ocurre cuando gobierno, infraestructura científico-tecnológica y estructura productiva se conectan de manera permanente. Tandil es su demostración local.

Unicornio. Empresa emergente que alcanza una valuación de más de mil millones de dólares sin cotizar en bolsa. Animal mitológico en casi todo el mundo; especie relativamente frecuente en Israel y Estonia.