Desdenes de la lucidez. Fititos, Ferraris y el candidato que se niegan a ver.
DESARROLLISMO INTELIGENTE SIGLO XXI
Federico González
10/4/20265 min read


Shakespeare puso en boca de Hamlet, en el monólogo del ser o no ser, la lista de agravios que empujan a un hombre hacia la nada: el látigo del tiempo, la insolencia del poder, la demora de la ley, el amor despreciado. Y entre todos deslizó uno que casi nadie recuerda y que acaso sea el más hondo: “los desdenes que el mérito paciente recibe del indigno”. Hamlet dudaba. Yo no vengo a dudar. El látigo del tiempo se aguanta. La insolencia del poder se enfrenta. El amor despreciado se llora y se entierra. Y el desdén del indigno, esa sonrisa torcida del que no entiende y, precisamente porque no entiende, se burla, no merece ni la queja. Soy. Y el que es no pide permiso, ni perdón, ni aplauso. Que se rían. La risa del pequeño nunca alcanzó para voltear a nadie que estuviera de pie.
El mediocre no odia la grandeza. La grandeza le queda lejos, como un astro que no le pertenece. Puede pasar impávido, sin un temblor en el alma, frente a la Ferrari del que vive a dos cuadras. Pero el fitito recién pintado del vecino le quita el sueño. La envidia no mira hacia arriba: mira por encima de la medianera. Necesita un parecido para ofenderse. Por eso el hombre de mérito que vive cerca, el que tomó mate en la misma vereda, el que fue al mismo colegio, el que no tiene apellido ni escenario, resulta imperdonable. Su luz no viene de otro mundo. Es la prueba, a metro y medio, de que se podía.
Y esa envidia no grita. Es silenciosa, mineral, paciente. No ataca: omite. No refuta: ignora. No discute la idea: le baja el volumen. Hay una forma de asesinato que no deja sangre, y consiste en no nombrar. Una daga que no se ve entrar. Que no hace ruido. Que igual mata.
Pero hay algo más cruel todavía. La inteligencia no brilla sola. Para que brille, alguien tiene que saber mirarla; y para saber mirarla, paradoja amarga, hay que ser inteligente. Una idea nueva es como la luz de una estrella que todavía no llegó: ya está ardiendo allá arriba, pero acá abajo el cielo sigue oscuro. El que no la ve sólo ve a un loco señalando la nada. Y se ríe. Siempre se ríe. La risa del necio es el ruido que hace una idea al chocar contra una pared.
Porque el mundo del mediocre es un mundo de taller y de libreta de almacén: todo tiene que servir para algo, rendir, volver con intereses. Y el que piensa de más es un exceso. Un derroche. Una fiesta que nadie pidió. Una llama que se consume sin calentar la olla de nadie. Esa parte que sobra, que arde sin cálculo, que se gasta entera porque no sabe hacer otra cosa, es la parte que no se perdona. Se tolera al que acumula. Nunca al que se desborda. El genio es una herida abierta en el cuerpo prolijo de lo útil, y a las heridas se las venda, se las tapa, se las esconde. Así mueren tantos genios invisibles: no por falta de luz, sino por falta de ojos. Bibliotecas enteras en una cabeza que nadie abre. Sinfonías que no pasan del cuaderno. Mapas de mundos posibles, archivados en el cajón de la indiferencia.
Y llega entonces la soledad del sabio. No la del que eligió el monte. La del que habla un idioma que ya nadie habla. Cocina fría a las cuatro de la mañana. Cenicero lleno. Cerveza tibia. Teléfono mudo. Sobres que vuelven con la misma respuesta amable y helada. Un trabajo gris para pagar el cuarto, y la madrugada para escribir lo que nadie va a leer. La lucidez no paga el alquiler. Los idiotas duermen bien. Uno no. Alguna vez creyó que bastaba con tener razón. Alguna vez pensó que la verdad, como el agua, encontraba sola su cauce. Alguna vez esperó. Después aprendió que la verdad no tiene piernas. Hay que cargarla. Cuesta arriba. Todos los días.
Y hay noches en que el pensamiento llega al borde de sí mismo y ya no encuentra suelo. Noches en que la lucidez se vuelve vértigo y el alma se asoma a un abismo sin fondo y sin dios. Ahí no hay consuelo. Hay una risa, a veces, que no es alegría: es desgarramiento. La risa del que tocó el límite y volvió sin nada en las manos, salvo la certeza de haber estado ahí. Pero volvió. Eso es lo que no entienden: que el que baja al abismo y vuelve, vuelve más entero. Vencido, tal vez. Derrotado, jamás.
Por eso no odio. Me miro primero, con el mismo rigor con que miro al mundo, y sé que el que se burla y el que envidia están hechos de la misma pasta humana que yo, del mismo miedo, de la misma nada. Los compadezco, apenas. Y cuando alguno se sienta demasiado alto, recuerdo que todo trono termina apoyado sobre lo mismo que una silla de cocina. Entonces me río. Pero no con la risa del necio: con la otra. La que duele y no se arrodilla.
Porque vivimos una época en que la duda parece debilidad y la certeza ruidosa pasa por coraje. El mismo Shakespeare que escribió a Hamlet hizo decir a Macbeth que la vida es “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa”. El problema no es el cuento. El problema es que al idiota le dan el micrófono.
Conozco a alguien así. Lo conozco bien. Demasiado bien. Carga en la cabeza un país entero: escuelas que piensan, fábricas que sueñan, una tierra que aprende antes de exportar, una política que vuelve a ser forma de cuidado. No hace falta ser un genio para ver lo que otros se niegan a ver: alcanza con no tener miedo. Y él no lo tiene. Lo dice con todo el coraje, con fuerza, con la convicción de quien ya no tiene nada que esconder. Y no pueden oírlo. O peor: no quieren. Los salones del poder aplauden a los ilusionistas del micrófono, esos magos de feria que gritan fuerte porque no tienen nada que decir despacio. El establishment lo mira y no lo ve. Se niega a verlo. No le hace falta: el cotillón ya lo encandiló. Hay épocas que confunden el volumen con la voz, el humo con el fuego, el aplauso con la verdad. Esta es una de ellas. Y él no se sienta a esperar que cambie. La cambia.
Y sin embargo, Sísifo. Condenado por los dioses a empujar una piedra hasta la cima para verla rodar, una y otra vez, hasta el fin de los tiempos. Los dioses creyeron que no había castigo peor que el trabajo inútil y sin esperanza. Albert Camus, en El mito de Sísifo, vio lo que ellos no vieron: Sísifo es el hombre absurdo, el que sabe que el cielo no responde y que no hay premio al final de la pendiente, y aun así no se miente, no huye, no se entrega. Camus se detuvo en el descenso, cuando la piedra ya rodó y Sísifo baja a buscarla con los ojos abiertos. Ahí es más fuerte que su roca. “La lucha misma hacia las cumbres basta para llenar un corazón de hombre”, escribió.
Cada mañana la piedra vuelve a estar abajo. Y cada mañana alguien se agacha, con la espalda rota y las manos sucias, la abraza, empieza a subir. Sabiendo que va a rodar. Sabiendo que nadie mira. Sabiendo que los que se ríen seguirán riéndose. “Hay que imaginar a Sísifo feliz”, dijo Camus.
No porque lo aplaudan. Sino porque, sabe, todavía sube.
Me llamo Federico González. Soy candidato a Presidente en 2027. Aunque muchos finjan no haberse enterado.
FFG, 2026