DESARROLLISMO INTELIGENTE: EL MODELO PARA LA ARGENTINA DEL SIGLO XXI
Una salida al bucle de la antítesis: cuatro revoluciones, una Pirámide Virtuosa y un Estado inteligente para que la Argentina deje de ser espectadora y vuelva a jugar en las grandes ligas del mundo.
DESARROLLISMO INTELIGENTE SIGLO XXI
Federico González
10/4/202611 min read


La Argentina está atrapada en el bucle de la antítesis.
Desde hace décadas, cada proyecto político llega al poder no para construir sobre lo aprendido, sino para deshacer al anterior. Se presenta como la cura definitiva y termina convirtiéndose en la enfermedad opuesta.
Al Estado bobo, omnipresente y despilfarrador, le sucede un Estado ausente que abandona a cada argentino a su suerte. Cuando el abandono se vuelve socialmente insoportable, reaparece la demanda de un Estado que promete resolverlo todo y vuelve a gastar lo que no tiene. Un fracaso fabrica las condiciones del siguiente.
A este mecanismo lo llamo el bucle de la antítesis: una forma de gobernar en la que cada fuerza obtiene legitimidad del desastre de su adversario. Una tesis provoca su antítesis, pero la historia nunca alcanza una síntesis superadora. No acumulamos aprendizajes, capacidades ni políticas de Estado. Acumulamos demoliciones.
Los extremos se insultan, pero se necesitan. Cada uno utiliza los excesos del otro como argumento para regresar. Parecen enemigos irreconciliables y, sin embargo, terminan siendo socios involuntarios de la decadencia.
El Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI nace para romper esa maquinaria. No es un promedio tímido entre dos posiciones ni una colección de concesiones para quedar bien con todos. Es una síntesis superadora: toma la iniciativa, la inversión y la capacidad creadora del sector privado; recupera la responsabilidad pública frente a la desigualdad y el abandono; y las integra dentro de una estrategia nacional de desarrollo.
La discusión decisiva no es cuál de los dos extremos debe gobernar la próxima frustración. Es cómo construimos una Argentina capaz de aprender, producir, innovar y sostener un rumbo durante varias generaciones.
La Argentina debe dejar de ser espectadora
El mundo atraviesa una transformación histórica. El conocimiento, la ciencia, la tecnología y la inteligencia artificial están redefiniendo la producción, la riqueza y el poder entre las naciones.
En la Guerra Fría, las grandes potencias disputaban la carrera espacial. Hoy disputan la carrera de la inteligencia artificial. Quien domine esas tecnologías tendrá una enorme capacidad para condicionar el futuro.
La Argentina no puede seguir mirando desde afuera. No debe resignarse al papel de empleada del mundo ni limitarse a consumir tecnologías diseñadas por otros. Tiene que convertirse en jugadora y socia estratégica, competir en las grandes ligas y vender valor agregado argentino.
Tenemos recursos naturales extraordinarios, pero eso no alcanza. Los capitales que llegan pueden ser productivos, aunque también pueden comportarse como capitales golondrina o extractivos: mucho beneficio para quienes se llevan el recurso y poco desarrollo para quienes habitan el territorio.
La pregunta decisiva es otra: ¿cómo creamos en la Argentina cientos de miles de emprendedores y empresarios capaces de transformar conocimiento en riqueza?
Mi respuesta empieza en la educación y se despliega a través de cuatro revoluciones conectadas entre sí.
Las cuatro revoluciones
1. Revolución Educativa
La educación es la palanca de cualquier transformación nacional. No puede limitarse a transmitir información ni a preparar jóvenes para empleos que quizá ya no existan cuando terminen sus estudios.
Tenemos que transformar las aulas en usinas de ideas, innovaciones, inventos, patentes y emprendimientos. Hay que estimular el talento emprendedor y empresario desde la escuela —sin torcer vocaciones— para que cada estudiante descubra lo que puede crear.
También debemos recuperar la educación financiera. Ahorrar no es esconder dinero debajo del colchón: es aprender a administrar, invertir y construir autonomía. Quien desconoce cómo funciona una tasa de interés queda indefenso frente a la deuda y la usura. Y esa indefensión castiga especialmente a quienes menos tienen.
Educar financieramente no consiste en fabricar pequeños especuladores. Consiste en formar ciudadanos más libres.
2. Revolución Científico-Tecnológica
La Argentina dio al mundo grandes científicos y obtuvo tres Premios Nobel en ciencias. Sin embargo, demasiadas veces tratamos nuestro sistema científico-tecnológico como un gasto prescindible y no como una fuente de soberanía y desarrollo.
No necesitamos descubrir nuevamente la rueda. Debemos estudiar qué hicieron bien los países que lograron desarrollarse, aprender de experiencias como las de Finlandia, Estonia o Corea del Sur y adaptar esas lecciones a nuestra realidad.
La ciencia debe conectarse con la educación, los emprendedores y la industria. El conocimiento que no se transforma en soluciones sociales, sanitarias, productivas o tecnológicas corre el riesgo de ser aprovechado por otros países mientras nosotros financiamos la formación del talento que después emigra.
3. Revolución del Ecosistema Tecnoemprendedor
Necesitamos formar y forjar un auténtico ejército de tecnoemprendedores, capaces de crear productos, servicios, empresas y tecnologías que compitan en el mundo.
Uso deliberadamente el prefijo tecno. No para reducir el emprendedorismo al software ni para rendir culto a la última aplicación de moda. Un tecnoemprendedor es quien utiliza conocimiento científico y tecnológico como palanca para crear valor, ya sea en la economía digital, la industria, el agro, la salud, la energía, la educación o los servicios.
El término permite marcar una diferencia esencial: no hablamos solamente de alguien que trabaja por su cuenta, sino de quien puede apropiarse de una tecnología, mejorarla, patentarla, convertirla en una empresa y llevarla a escala.
Pero hay que distinguir el emprendedorismo sustantivo del cuentapropismo de precariedad.
Que un joven trabaje para una aplicación, organice sus horarios y se llame a sí mismo “su propio jefe” no significa necesariamente que sea libre. Puede ser apenas un trabajador sin derechos al que el abandono estatal bautizó emprendedor para que la precariedad suene moderna.
Yo no quiero que el joven argentino solamente trabaje para la aplicación. Quiero que pueda crear la aplicación, ser propietario de la tecnología, patentarla, convertirla en empresa y venderla al mundo.
Israel demuestra que esos ecosistemas no aparecen por generación espontánea. En 1993 creó el programa Yozma: el Estado aportó capital inicial y lo combinó con inversión, gestión, conocimiento y redes del sector privado. Los fondos eran mixtos, pero las decisiones de inversión quedaban principalmente en manos privadas y los socios podían comprar posteriormente la participación estatal.
El Estado asumió una parte del riesgo cuando el mercado de capital emprendedor todavía no existía; atrajo capitales y experiencia internacionales; y se retiró progresivamente cuando el ecosistema comenzó a madurar. Esa alianza virtuosa entre capital público y privado fue decisiva para desarrollar una industria local de capital de riesgo y contribuir a transformar a Israel en una potencia tecnoempresarial.
No sustituyó al mercado: ayudó a crearlo. No reemplazó al emprendedor: construyó las condiciones para que pudiera nacer, financiarse y crecer. Eso es un Estado inteligente.
La metáfora del pescado también tiene una historia política reciente. A la vieja fórmula —“no te voy a regalar el pescado; te voy a enseñar a pescar”—, Javier Milei le agregó una promesa que reconocí como valiosa: “te voy a enseñar a poner la fábrica de pescado”.
El problema es que no lo hizo. Como la dolarización, el cierre del Banco Central y la lucha contra la casta, la fábrica quedó, hasta hoy, en el territorio de las promesas. Muchos jóvenes que creyeron que serían emprendedores terminaron convertidos en trabajadores precarios de aplicaciones creadas y controladas por otros.
Yo no quiero descartar aquella promesa. Quiero cumplirla:
Joven argentino: yo sí te voy a enseñar a poner la fábrica.
Y no voy a dejarte solo frente al río con una frase motivacional. Vamos a construir el ecosistema que lo haga posible: educación emprendedora, ciencia y tecnología, crédito, capital de riesgo, mentores, incubadoras, protección de la propiedad intelectual, articulación con empresas y acceso a mercados.
La Argentina no necesita un ejército de repartidores subordinados a plataformas extranjeras. Necesita un ejército de tecnoemprendedores argentinos, propietarios del conocimiento, la tecnología y los procesos con los que se construirá la nueva riqueza nacional.
4. Revolución Empresarial, Industrial y PyME
El desarrollismo de Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio imaginó y construyó un país que fabricaba barcos, aviones y automóviles, ampliaba su infraestructura y apostaba a la industria pesada.
No se trata de copiar la década de 1960. Se trata de recuperar aquella voluntad de desarrollo y actualizarla para un siglo de automatización, inteligencia artificial, biotecnología, energía y cadenas globales de valor.
La Argentina necesita una nueva revolución industrial que incluya a las PyMEs, las medianas y las grandes empresas. Debe estar apalancada por un sistema científico-tecnológico robusto y por un ecosistema emprendedor capaz de renovar permanentemente la producción.
Sin industria no hay empleo masivo de calidad. Sin innovación, la industria envejece. Sin empresas nacionales fuertes, una parte demasiado grande de la riqueza y de las decisiones estratégicas termina fuera del país.
La Pirámide Virtuosa
En la década de 1960, Jorge Sabato formuló su conocido triángulo: Estado, ciencia y empresa debían interactuar para impulsar el desarrollo.
Yo incorporé primero la educación y pensé en un cuadrado. Pero la figura seguía siendo insuficiente: el desarrollo no ocurre en una superficie plana. Necesita una arquitectura tridimensional.
Así nació la Pirámide Virtuosa del Desarrollismo Inteligente.
En ella interactúan cuatro grandes fuerzas:
la educación;
el sistema científico-tecnológico;
el ecosistema tecnoemprendedor;
el sistema empresarial, industrial y PyME.
En la cúspide se encuentra el Estado inteligente, encargado de articularlas, apalancarlas y orientarlas hacia un proyecto nacional.
No son cinco compartimentos ni una escalera burocrática. Son fuerzas que deben actuar simultáneamente. La educación forma talento; la ciencia genera conocimiento; los emprendedores lo convierten en innovación; las empresas lo llevan a escala; y el Estado hace que el conjunto juegue en equipo.
Si queremos una metáfora futbolística, necesitamos jugadores en todos los puestos, pero también necesitamos un Scaloni. Tener técnico sin jugadores no sirve. Tener grandes jugadores sin estrategia tampoco.
Ni Estado bobo ni Estado ausente
La Argentina vive de extremo en extremo.
De un lado aparece el Estado bobo, omnipresente y despilfarrador, que pretende dar lo que no tiene. Emite, improvisa, distribuye sin crear riqueza y muchas veces transforma la asistencia en clientelismo.
Del otro lado aparece el Estado ausente, cuya respuesta frente al sufrimiento es brutalmente sencilla: “arreglate como puedas”. Desprecia lo público, abandona a las PyMEs y deja que el poder económico concentrado ocupe el lugar que la política renunció a ejercer.
Uno promete proteger, pero termina asfixiando. El otro promete liberar, pero deja a millones a la intemperie.
La Argentina tiene tesis y antítesis. Lo que le falta es una síntesis.
El Desarrollismo Inteligente no es un promedio tibio entre los extremos. Como enseñaba Aristóteles, la sabiduría consiste en encontrar el punto óptimo —el “punto caramelo”, si queremos decirlo sin solemnidad—. La síntesis no mezcla dos fracasos: los supera.
Necesitamos un Estado eficiente e inteligente. Y un Estado es inteligente cuando sabe apalancar.
Arquímedes decía: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Gobernar consiste precisamente en identificar esos puntos de apoyo. Para la Argentina son la educación, la ciencia, la tecnología, los emprendedores y la industria.
El Estado inteligente no pretende jugar en todos los puestos. Convoca, articula, orienta e invierte estratégicamente. Es director de orquesta, constructor de equipo y arquitecto de capacidades.
La discusión importante no es si queremos más o menos Estado. Es qué Estado necesitamos, para hacer qué y al servicio de quiénes.
Inteligencia artificial: ponerle alas al pensamiento
La inteligencia artificial llegó para quedarse. Tiene un costado virtuoso y otro que exige cuidado. No debemos minimizar sus riesgos, pero tampoco desperdiciar sus enormes posibilidades en la educación, el trabajo, la producción y la vida cotidiana.
A partir de la teoría de la mente extendida de Andy Clark y David Chalmers, propongo pensar las tecnologías como ampliaciones de nuestras capacidades. La escritura extendió nuestra memoria; los libros conservaron conocimiento; las calculadoras ampliaron el cálculo. La inteligencia artificial agrega algo nuevo: podemos conversar con ella en tiempo real.
Por eso nuestra cátedra se declaró IA-friendly. No hay que prohibir la inteligencia artificial ni usarla para dejar de pensar. Hay que aprender a utilizarla para ponerle alas al pensamiento.
Promptear no consiste en copiar cuatro palabras de una fórmula supuestamente mágica. Una conversación productiva no está resuelta de antemano. Como decía Machado, se hace camino al andar; con la inteligencia artificial, también se hace camino al conversar.
A esta capacidad la llamo inteligencia conversacional: el arte de mantener una interacción productiva y generativa de la que surja algo que antes no estaba. La verdadera conversación aumenta el caudal intelectual y emocional de quienes participan. La interacción entre una persona y una IA debe aspirar a lo mismo.
La Argentina necesita enseñar a utilizar estas herramientas, aplicarlas a sus cuatro revoluciones y desarrollar capacidades propias. No podemos ser meros consumidores de algoritmos extranjeros. Debemos ser socios estratégicos en la construcción del nuevo mundo tecnológico.
“Si no te duele la Argentina, no podés ser presidente”
El Desarrollismo Inteligente puede sonar, a primera vista, como un programa económico. Pero su fundamento es profundamente humanista.
Durante mi trabajo como encuestador formé una red de coordinadoras de campo en algunos de los lugares más vulnerables del conurbano bonaerense. Muchas de ellas se convirtieron en amigas y me permitieron conocer una Argentina que raramente entra en las oficinas donde se toman decisiones.
Una de ellas es Romina, madre de seis hijos. Un día me contó que en su cuadra hay doce casas y en seis se vende droga; en la cuadra de enfrente, en nueve. Ella sale a trabajar, sus hijos van a la escuela y, mientras tanto, la familia vive rodeada por el peligro y las tentaciones de un territorio donde el Estado prácticamente no existe.
Romina hace lo imposible para sostener a sus hijos. Pero una madre no debería librar sola una batalla contra una maquinaria criminal instalada alrededor de su casa.
Por eso quiero ser Presidente: porque me duele la Argentina. Y si el dolor de personas como Romina y de sus hijos no nos atraviesa, no tenemos derecho a gobernar.
La respuesta frente al narcotráfico no puede limitarse a intervenir cuando una persona ya cayó en la adicción. También debemos prevenir la demanda y construir una alternativa: un proyecto de vida sano.
Hay que ofrecer a los jóvenes educación, trabajo, pertenencia, reconocimiento y la certeza de que poseen valor y pueden construir una vida mejor. Necesitamos profesionales de la salud mental trabajando en prevención y tratamiento. Hay que dar una batalla cultural verdadera: no una guerra de consignas en las redes, sino una lucha concreta contra la droga, la violencia y la desesperanza.
El Estado inteligente debe estar ahí. Si no entiende eso, no entiende la Argentina.
Pensar, hacer y no perder la sensibilidad
Mi compromiso como candidato puede resumirse en tres verbos.
Pensar: estudiar los problemas, escuchar, convocar conocimiento y diseñar soluciones.
Hacer: convertir las ideas en decisiones, instituciones y resultados concretos.
Sentir: no olvidar jamás que todo lo que hacemos debe servir para que la gente viva mejor.
El desarrollismo no tiene sentido si pierde la sensibilidad social. La tecnología no tiene sentido si no amplía capacidades humanas. El crecimiento no tiene sentido si convive tranquilamente con millones de argentinos condenados a sobrevivir.
No le pido a nadie que me vote sin conocerme. Le pido algo anterior y más elemental: escúcheme. Lea nuestras ideas. Pregunte. Discuta. Diga que no está de acuerdo. Una democracia viva no se construye con devoción, sino con ciudadanos capaces de pensar y dirigentes dispuestos a responder.
Presentarme como candidato a Presidente es un acto de audacia. Una vez que lo dije, mi vida cambió: comprendí que estaba para esto.
Con educación, ciencia, tecnología, emprendedores, industria y un Estado inteligente podemos salir del bucle de la antítesis. Podemos volver a crear riqueza, soberanía y esperanza.
La Argentina debe dejar de ser espectadora. Tiene que ponerse de pie, entrar a la cancha y jugar en las grandes ligas.
Quién soy
Soy Federico González: psicólogo, profesor universitario, investigador científico-tecnológico, analista político, exconsultor y escritor. Durante años fui un pensador —alguna vez me definí como un “francotirador de ideas”— que observaba, investigaba y aconsejaba. Hoy decidí transformar esas ideas en acción.
Soy creador del Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI y candidato a Presidente de la Nación Argentina en 2027.
Junto con el economista Gustavo Reija y el especialista en tecnología y geopolítica Lucas Arias, escribí Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI: cien propuestas para la Argentina futura, el libro-programa en el que desarrollamos esta visión y la convertimos en propuestas concretas.
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