CARTAS PARA LA ARGENTINA QUE VIENE:
CARTAS ABIERTAS AL PRESIDENTE MILEI - CARTA N.º 1 Milei: estabilizar no es desarrollar
DESARROLLISMO INTELIGENTE SIGLO XXI
Federico González
10/4/20265 min read


Presidente Milei:
Voy a empezar reconociéndote algo. Recibiste una Argentina desquiciada, inflacionaria, empobrecida y acostumbrada a barrer la mugre debajo de la alfombra. El déficit existía. El despilfarro existía. Los privilegios existían. También existía una bronca legítima, acumulada durante años, que vos supiste escuchar y convertir en poder.
No voy a defender lo indefendible solamente porque ahora gobernás vos. Eso sería oposición de cotillón.
Pero una cosa es haber reconocido la enfermedad y otra muy distinta es haber encontrado la cura. Hasta un reloj roto da bien la hora dos veces por día. El problema comienza cuando se cree dueño del tiempo.
Vos confundiste una condición necesaria con un proyecto de Nación. El equilibrio fiscal puede ser el piso sobre el cual se construya el desarrollo, pero de ningún modo es el desarrollo. Es como ordenar las cuentas de una fábrica mientras se venden las máquinas: el balance puede cerrar, pero la fábrica deja de existir.
En el barrio se sabe. El que vende las herramientas para pagar la luz quizá zafa este mes; el mes que viene ya no tiene taller.
Tu error nace de una idea sencilla y, por eso mismo, peligrosa: si el Estado se retira, la sociedad florecerá espontáneamente. Como si debajo de cada oficina pública clausurada hubiera una empresa esperando nacer. Como si bastara con despejar el terreno para que aparecieran las rutas, el crédito, los laboratorios, los ingenieros, las industrias y los mercados.
No funciona así. La libertad no es una planta silvestre que crece mejor cuanto más abandonado está el jardín.
Acaso nuestra diferencia pueda expresarse mediante dos imágenes: la motosierra y la semilla. La motosierra corta. La semilla contiene un mundo. Cortar puede ser necesario cuando hay ramas secas, estructuras inútiles y privilegios enquistados. Pero después hay que saber qué sembrar, dónde hacerlo, cómo cuidar lo que nace y, sobre todo, para quién queremos que dé frutos.
Ese después no se resuelve con otra motosierra. Se resuelve con inteligencia, conocimiento y conducción.
Nietzsche escribió que “hay que tener todavía caos dentro de uno para poder dar a luz una estrella danzarina” en Así habló Zaratustra. La Argentina tiene caos de sobra. Lo que le falta no es un presidente que la vuelva estéril en nombre del orden, sino alguien capaz de transformar ese caos en potencia creadora.
Vos querés domesticar el caos reduciendo la vida nacional a una planilla. Yo quiero organizarlo para que de allí nazca algo.
Por eso quiero discutir con vos algo bastante más serio que el tamaño del Estado: su inteligencia. Un Estado grande puede ser torpe, parasitario y cruel. Un Estado pequeño también. La cantidad no garantiza la calidad y la ausencia no garantiza la libertad. Un elefante inmóvil aplasta; un Estado fantasma abandona. Entre ambos existe otra posibilidad: un Estado inteligente.
Un Estado que sepa dónde retirarse y dónde resulta indispensable. Que elimine organismos inútiles, intermediaciones parasitarias y privilegios políticos, pero que proteja las capacidades sin las cuales una Nación queda reducida a un territorio de compraventa.
Porque no todo gasto es inversión, desde luego. Pero tampoco todo recorte es inteligencia.
Cuando una escuela pierde capacidad de enseñar, un laboratorio interrumpe una investigación, una PyME cierra o una obra estratégica queda abandonada, no bajan solamente algunos renglones del presupuesto. Se clausuran futuros. Y un futuro clausurado no aparece en el Excel del ministro.
También eso debería entrar en tus cuentas.
Georges Bataille llamó “la parte maldita” a aquello que toda sociedad termina consumiendo, perdiendo o sacrificando. La cuestión política nunca es solamente cuánto se sacrifica, sino qué se sacrifica y a quién se elige como sacrificable. En tu liturgia del ajuste, esa parte maldita parece estar formada por jubilados, docentes, científicos, trabajadores, pequeñas empresas y personas con discapacidad. Mientras tanto, algunos privilegios cambian de dueño, de traje y de discurso, pero siguen sentados a la mesa.
Como dice el refrán, siempre se corta el hilo por lo más delgado. Gobernar de verdad consiste en animarse a cortarlo por lo más grueso.
Yo habría hecho otra cosa. Habría ordenado las cuentas, sí, pero diferenciando la grasa del músculo, el privilegio de la capacidad, el gasto inútil de la inversión que prepara el porvenir. Porque un cirujano que corta todo lo que encuentra acaso termine rápidamente la operación, pero también puede matar al paciente.
Vos llamás coraje a soportar las consecuencias de tus propias decisiones cuando el dolor lo padecen otros. Yo llamo coraje a enfrentar los poderes que siempre consiguen acomodarse y a proteger a quienes no tienen un ejército de abogados, operadores y lobistas.
Ahí empieza la política. Todo lo demás es contabilidad con efectos especiales.
Yo defiendo la iniciativa privada. Pero no creo en el empresario mitológico que nace de la nada, se financia solo, inventa sin ciencia, produce sin infraestructura y conquista mercados sin estrategia. Un emprendedor necesita conocimientos, crédito, tecnología, reglas claras y una trama productiva que convierta su esfuerzo en una posibilidad real.
Los países no se desarrollan por generación espontánea. Alguien tiene que conectar las partes.
Mi propuesta consiste en articular cuatro revoluciones: la educativa, la científica y tecnológica, la tecnoemprendedora y la industrial y productiva. No son cuatro casilleros de un programa electoral. Son un sistema vivo: la educación enciende la inteligencia; la ciencia la convierte en conocimiento; el emprendimiento transforma ese conocimiento en iniciativa económica; la industria lo lleva a escala, genera trabajo y multiplica riqueza.
El Estado inteligente no sustituye a los músicos. Organiza la orquesta, propone una partitura y evita que los instrumentos más poderosos tapen a todos los demás. Después, naturalmente, hay que tocar bien. El director sin músicos es un gesticulador; los músicos sin coordinación apenas producen ruido.
Eso es el Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI.
No quiero regresar a la Argentina anterior a vos. Quiero construir la Argentina que tu dogma no alcanza a imaginar: una Argentina donde la estabilidad sirva para invertir, la inversión genere capacidades y las capacidades mejoren la vida.
Porque un país fiscalmente ordenado, pero incapaz de educar, investigar, producir y ofrecer un futuro, se parece demasiado a un cementerio bien administrado. Todo está quieto. Nada molesta. Las cuentas cierran. Pero allí ya no vive nadie.
Te dejo entonces una pregunta, casi como un koan político: ¿de qué sirve apagar el incendio si para hacerlo quemamos los planos de la casa?
Estabilizar no es desarrollar, Milei. Ajustar no es transformar. Y hacer ruido mientras se destruye no equivale a saber construir.
Yo acepto discutir qué Argentina podemos hacer crecer, con qué instrumentos, con qué recursos y para quiénes. A la hora y en el lugar que quieras.
Pero dejemos la motosierra en la puerta.
Demostrá que sabés sembrar.
Federico González
Candidato a Presidente de la Nación 2027
Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI
